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SBS

La muerte de un escritor.

“Hora del desceso: 15:52”, decía el informe que le habían entregado. Estaba acostumbrado al aroma de la muerte, pero esta casa solo olía a libros de hojas antiguas, como madera vieja y tinta añeja. Le pareció particular, pero sobre todo, hogareño y relajante.

Trataron de reanimar al hombre, tirando de su último suspiro de vida, pero no fue posible traerle de vuelta. La muerte fue rápida y, aunque su vecino había llamado con premura a los servicios de emergencia, nadie hubiese podido salvarle realmente. Tenía 92 años, por lo que tampoco ayudaba su salud en general, y nadie sentiría lastima por los cortos años que se habían perdido.

No era una casa demasiado grande, concordaba con la familia que ese hombre nunca tuvo. No había cuadros de conocidos o familiares como en otras casas, tan solo cuadros demasiado extraños para mentes simples. Había un único par de zapatos junto al recibidor, de brillante charol. Sobre la mesada de la cocina, un té había sucumbido al frio. Los tonos opacos de la madera, denotaban la falta de encantos femeninos en esa residencia. El pasillo se hundía en la oscuridad, abriendo el paso hacía el dormitorio y el baño. Se adentró hacia ello, donde encontró una habitación bastante simple, con diseños muy escuetos. El cuarto de baño tenía bastantes cosas del cuidado personal de hombre, y olía al perfume que solía usar su difunto padre.

Una trampilla en medio del pasillo delataba un sótano, pero decidió no inmiscuirse demasiado.

No había un sofá y una televisión en la sala, como lo habría en cualquier otra casa. La amplia estancia había olvidado el color de sus paredes entre estanterías de libros, repletas hasta el último centímetro de espacio. En el centro, un escritorio de roble con bellos dibujos tallados a lo largo de su superficie. Sobre el, desbordaban libros de todos los colores, pero con un reconocible aspecto antiguo en su forjado. De todas las estancias, esa era quien más personalidad tenía.

Había encontrado al hombre en el suelo de dicha habitación, según el informe. A pocos pasos del indicado, junto a la ventana, había un sofá de cuero marrón chocolate. Se había puesto guantes antes de entrar, por cualquier infortunio, y se agachó para recoger un bloc de notas que había caído junto al mueble.

La escena era bastante predecible, a decir verdad. El pobre hombre estaba escribiendo frente a la ventana de la sala, en su sofá. Quizás había saludado al vecino que cortaba el césped del otro lado de la valla. Fue entonces que supo que algo estaba mal, tirando el bloc de notas e intentando ponerse de pie. A medio camino hacia la puerta, se descompensó en medio de un infarto. Para su suerte, el vecino le había visto por la ventana y llamada a emergencias de inmediato. Viviendo en un pequeño pueblo, no tardarían demasiado. Pero no había mucho que pudiesen hacer.

Era triste pensar que habían tratado de buscar familiares, quizás amigos, pero nadie sentía pesar sobre el hombre, más que aquel vecino con quien solían compartir tazas de café y alguna que otra reseña literaria. Cuando habló con dicho testigo, parecía bastante triste por lo sucedido. El fallecido no poseía más riquezas que esa casa, y no habían testamentos registrados por él. Estaba solo en este mundo, y probablemente hubiesen tardado más tiempo en saber de su muerto, sino fuese por su amigo cercano.

Quitó su mirar de la ventana, que revivía en su mente el hipotético caer de los dominós en esta historia. Viró al bloc de nota que seguía en su mano enguantada. Con delicadeza, ordeno las páginas desarregladas hasta la última de ellas escrita.

“Los finales predecibles son aburridos. A veces, quitan las ganas de seguir viviendo. Y cuando uno aprende tanto, y llega a saber en demasía de la vida; entiende que no habrá más que repeticiones incesantes de historias a lo largo de lo que nos queda de mundo. Me gusta saber mi final, quitando su defectuoso aburrimiento, porque no habrá manera más bella de terminar, sabiéndolo todo. Entre este millar de libros, están aquellos de mi autoría, relatando lo que pasará en meses, años, siglos; no necesito saber hacia dónde vamos, pero tengo claro que se repetirá la misma historia que construyo nuestro pasado.  

Sé que va a pasarme, sé adónde irán mi cuerpo y mi alma. Pero sobre todo, sé que eres un buen policía Daniel, y que no dejarás que este bloc de notas se ensucie en el viejo suelo de mi solitaria casa, para quedarse en el olvido.

Gracias, Daniel”.

Daniel dejó el bloc sobre el sofá color marrón chocolate, y exhaló el aire que se había paralizado en sus pulmones. ¿Cómo podía saber eso?

Publicado la semana 8. 28/02/2021
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