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Seba

El trasmallo de los sueños

Los últimos jirones del arrebol se enredaron en las leves olas del canal terroso y destellaron en la botella que repechó casi imperceptible en la playa más alejada.

El niño descalzo fatigaba su red en el río en busca de ese pez que calme los truenos de sus tripas.

Ese haz de luz violáceo atrapó su curiosidad, el niño no tenía chances de resistir a esa carnada.

Juntó las redes vacías con experta agilidad y las apiló en la parte delantera de la canoa. Se afirmó en el centro. Con las pequeñas y curtidas manos se aferró a los remos y emprendió la carrera contra el agua y el viento.

Ese brillo palidecía y, bajo la espesa hondura de la noche, pronto moriría. El niño lo intuyó y apuró los remos tanto como sus fibrosos brazos lo permitieron.

Con el último rayo del sol el niño llegó a ver el exacto lugar donde estaba el origen del destello. Llegó con los pulmones exprimidos y sus brazos agarrotados. Descendió de un salto y salpicó al caer. El ruido de su aterrizaje rompió la monotonía de la correntada.

Se acercó rápido a la orilla y tomó con urgencia la botella. La observó con cuidado y pudo ver que había algo adentro, pero la noche unánime no le dejaba ver más allá de su nariz. 

Las jornadas extensas de pesca infructuosa le enseñaron a encender fogatas para evitar los peligros noctámbulos. Hizo chocar con tesón las ramas resecas hasta que se irguió pomposo el regalo de Prometeo y alejó lo suficiente la negrura.

Con los truenos en sus tripas destapó la botella. El suave oleaje traía el aroma a peces esquivos y camalote. El llanto lejano de las ranas anunciaba el húmedo calor estival. 

En el interior del vidrio verde había un papel color otoño apenas enrollado. Lo desenrolló con el mismo cuidado con el que besaba a su abuela. Se acercó a la flor roja y a su luz leyó:

«32 de otoño, la ciudad se encuentra tomada. Mis pecados me obligaron a abandonarla. Traje conmigo lo puesto y lo más preciado, mi tesoro. En este río correntoso lavé mi pasado, a quien sea merecedor le será entregado cuando el momento sea oportuno».

Escrutó la inmensidad de la noche que se agigantaba con cada croar, con cada oleaje, con el ulular del suindá, con las ramas de los sauces que intentaban asir el río; pero las tripas estrujaban y rugían. No había otra cosa en qué pensar, solo en el hambre y el tesoro. 

La noche impedía pescar y el tesoro se hallaba perdido en la inmensidad. Se acurrucó junto al rescoldo y se obligó a dormir, como tantas veces. 

Una figura informe apareció junto al niño y le señaló el río, luego la canoa y, otra vez, el río. 

El niño despertó mojado y con el corazón apuntando en una dirección. Se levantó con la presteza de la resolución. Subió con agilidad a su bote y emprendió el arduo viaje. El sol en sus ojos no lo dejaba ver con claridad, pero sabía que debía seguir. 

Una sombra tan pequeña como imperceptible revoloteaba predando hasta que, con suavidad, se apoyó en la popa. El Martín Pescador lo miró al niño y este supo que debía frenar. Tiró al río una piedra pesada atada a una cuerda añeja y la canoa bailó suave con el lento vaivén de las olas.

Notó algo extraño, pero no supo qué era. Agarró con firmeza la red, que ese día tenía una blancura inusitada, y la lanzó con la fuerza de la última esperanza, luego esperó. 

Cuando las tripas estrujaron hasta casi triturarlo entendió que era el momento de levantar su cosecha. Tomó la red con parsimonia y la levantó. El peso esta vez le devolvió un mohín de sonrisa al rostro desvaído del niño.

Los peces brotaban del río a borbotones y la canoa comenzó a zozobrar. Dejó los necesarios para aplacar las tripas y los demás los devolvió con una apagada plegaria de agradecimiento. 

Regresó a su choza y compartió lo pescado con su familia. Esa noche durmió con la tranquilidad de la barriga satisfecha y soñó. La figura informe le habló:

«Has demostrado que tomas del río lo necesario. Mi tesoro es tuyo. Cuando partas al definitivo río abajo deberás pasar mi tesoro a quien sea digno».

El niño se despertó en paz. Aquella sentencia aún retumbaba en su pequeño pecho. Salió de la choza soñoliento. El sol lo cegó unos instantes, pero enseguida se recuperó y, colgado del sauce más viejo, halló el trasmallo de los sueños. Lo cargó al hombro y enfiló al río. Su pequeña figura se fundió entre las olas y un murmullo de río y camalote selló su sino de pescador de sueños.

Publicado la semana 2. 11/01/2021
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