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Sergio Carrillo

Marketing olfativo.

El otorrino me miraba contrariado desde el otro lado de la mesa. Yo necesitaba dejar de oler y tras una búsqueda en Google lo vi claro: “Doctor, quiero extirparme la pituitaria”. Leí en su cara que mi propuesta le pareció un capricho atroz de niña tonta, pero se mantuvo objetivo y emitió un veredicto ético-facultativo: no.

Ese doctor desmontaba mis planes para olvidar el olor de Oscar. Así que pensé que si le explicaba nuestra historia conseguiría hacerle cambiar de opinión. Tenía que hacerle entender lo que era vivir con esa fragancia envolviendo todo el aire que respiraba cada minuto, cada día.

Oscar y yo trabajábamos en la misma empresa. Él era el dinámico y creativo director de marketing y yo la aburrida y normativa jefa de administración. Nuestros mundos no tenían nada que ver. De hecho, nuestras trayectorias no deberían haberse cruzado, pero el destino puso un ascensor en nuestro camino el día que Oscar empezó a trabajar en la empresa, y su olor me atrapó.  

Siempre caminaba encapsulado en una nube de perfume. En su perfume flotaba cilantro, violeta, fresia, melocotón, jacinto, rosa, jazmín, romero… no, no soy una gran sumiller de perfumes, es que no paré hasta descubrir cual era y memoricé los ingredientes. Sin embargo, los perfumes huelen diferente en función de en qué piel se depositan. Así que, el ingrediente principal que hacía que Oscar oliera a Oscar, era el propio Oscar.

Comencé a sincronizar mis horarios con los de Oscar para coincidir siempre con él en el ascensor. Intentaba siempre quedarme detrás de él, cerraba los ojos y entraba en éxtasis. Él siempre iba a ocupado hablando por el móvil y nunca se fijó en mí.

Hasta que un día coincidimos a solas en aquel ascensor. Era tarde, yo estaba de auditoría y él salía de presentar la campaña de nuestro nuevo producto. Oscar me miraba con una sonrisa en los labios y yo me ruborizaba por momentos.

- Silvia de contabilidad, ¿verdad?

- Sí. Tú, Oscar de marketing, ¿no?

- Ya veo que nos seguimos la pista, aunque no hayamos hablado.

- Eso parece…

- Silvia, acabo de vender mi primera gran campaña a la dirección general y necesito celebrarlo, ¿tomamos una cerveza?

No sé de donde saqué fuerzas para vencer mi vergüenza y acepté, claro que acepté.

La cerveza dio paso a una cena. Oscar era encantador, teníamos una conversación muy animada y divertida. Yo le parecía graciosa. No me lo podía creer, estaba soñando, flotando en ese olor adictivo.

Comenzamos a hablar por el Skype de la empresa mientras trabajábamos. Las cervezas y las cenas se fueron sucediendo. En esas citas Oscar olía a complicidad y confianza.

Tras una de nuestras cenas acabamos durmiendo juntos en mi casa. Fue cariñoso y generoso conmigo. En la cama Oscar olía a deseo y a pasión. Me abrazó y que quedé dormida sobre su pecho. Su piel morena era un néctar dulce que desprendía un olor anestésico. Cuando me desperté, preparaba un desayuno. Por la mañana Oscar olía a mermelada de fresa, mantequilla y café.

El olor de Oscar se convirtió entonces en algo poliédrico. Ya no era su perfume. En las distancias cortas Oscar olía a algo único, con miles de matices. Oscar olía a amor. Yo me dejé embaucar, me enamoré perdidamente de él.

Así estuvimos un par de meses. Pero parece que el amor no duró lo mismo para ambos, y una tarde saliendo de trabajar, mientras bajábamos en nuestro ascensor, me dijo que necesitaba tiempo y espacio.

Me propuse darle todo el tiempo y el espacio que nos permitía trabajar en la misma empresa. Podía soportar cruzarme con él cada día y hacer ver que no me importaba. Pero, lo que no podía soportar era seguir percibiendo su olor cada vez que me cruzaba con él. Porque el olor de Oscar era el olor del amor que sentía por él.

El otorrino, no había perdido detalle de lo que le había explicado. Empatizando conmigo me dijo que no podía ayudarme, porque extirpar la pituitaria no acabaría con mi problema. El olor de Oscar era ya un recuerdo en mi memoria, no volver a percibirlo no me libraría de volver a recordarlo.

Publicado la semana 16. 19/04/2021
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