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Sergio Carrillo

Polos opuestos.

Mario nunca creyó que los polos opuestos se atrajesen. Para él esa ley solamente funcionaba en física, para las relaciones sentimentales necesitaba que quien estuviera a su lado compartiera su forma de ver y entender el mundo, sus gustos y aficiones, y su cuadriculada y metódica forma de organizarlo todo casi hasta el punto de considerarse un poco TOC.

María apareció en su vida para traerle caos y despreocupación, y contra todo pronóstico Mario se prendó de todo lo que detestaba. Se enamoró de que María discrepase y viera siempre las cosas desde el punto de vista opuesto al suyo, de que nunca quisiera ver la misma serie que él, de su caótica y despreocupada forma de enfrentarse a cualquier hecho en su vida, y de su verborrea crónica que dejaba flotar sobre una voz cálida y envolvente, que le embelesaba.  

María puso a prueba el mundo de Mario, aferrado a la razón y al sentido común, a su férrea rutina, a su espontaneidad inexistente. Pintó delante de él miles de nuevas opciones a todo color y fundió el blanco y negro del pasado.

Mario era feliz. Se saboteaba a sí mismo, primero con pequeñas cosas como dejar el polo por fuera del pantalón, o no comprobar si había cerrado el coche tres veces; y después con cosas más importantes para él como dejar de seguir sus gastos en una tabla Excel o pensar en votar a partidos a los que nunca hubiera imaginado. Y aun así Mario era feliz, porque María daba sentido a todo y las cosas en las que él encontraba sentido y orden poco a poco se fueron difuminando y dejaron de ser primordiales para él.

Así pasaron el primer año. Mario transformándose y María transformándolo. Haciendo crecer el amor de la diferencia y la espontaneidad caótica que María imponía y Mario abrazaba como nuevo dogma. Cuando Mario pensaba que ya no podía quererla más entonces María volvía a poner su mundo patas arriba y no dejaba que lo volviera a atrapar la razón llevándoselo de nuevo a su felicidad y despreocupación. Y Mario se volvía a enamorar de ella, como la primera vez que escuchó su voz.

Sin embargo, hubo un tema, solo uno en el que Mario no pudo transigir, y entonces llegó la primera discusión. Y tras un breve enfado y tres gritos Mario no entendió el silencio de María. Decidió callar, por días enteros. Ni una palabra, solo un cuerpo que pasaba por su lado durante días, sin ni siquiera mirarle. La música de la verborrea y la locura de María dejaron paso a un silencio mudo y sordo. Razonado desde el fondo de su ser. Indisoluble por más que Mario se esforzara en hablar con ella. Un silencio frio y descarnado. Un silencio que no tenía nada que ver con María, que en su silencio no era ella.

Mario destrozado veía como María era consciente de ese poder que le daba el silencio y de como se dedicaba a explotarlo racionalmente. Y él acostumbrado a sopesar pros y contras, a evaluar todas las posibilidades, a regir sus actos por el sentido común y a ser consecuente con sus ideas, se sintió desnudo, desvalido y en la duda permanente. Como si ante el silencio de María, él hubiera dejado de ser quien se apoyaba en la razón para adoptar toda la vulnerabilidad de su caos incipiente en el que todavía no sabía moverse bien y al que María lo había llevado borrando el camino de vuelta a su forma de ser natural.  Y María, encontró su zenit en el silencio y no quería abandonarlo por más esfuerzos que hiciera Mario.

  El Silencio, María y Mario siguieron en una relación poliamorosa hasta que con el paso de los días Mario recibió la visita de un viejo amigo, el Sentido Común, que le dio el consejo que necesitaba en ese momento:

¡A veces hay que dejarse llevar, y otras es mejor dejarlo correr!

Cuando María volvió de trabajar encontró en la puerta de casa todos los colores, el caos, la espontaneidad y la despreocupación que le había regalado durante ese año y una nota: ¡Llévatelos contigo lejos de aquí!

Publicado la semana 28. 13/07/2021
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