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Sergio Carrillo

El guiño que le supo a beso.

(Escrito en Abril 2020, durante el confinamiento)

 

Se conocieron en la sección de droguería del supermercado del barrio. Ambos alargaron la mano para coger el último paquete de rollos de WC. Cuando se miraron, Andrés se enamoró de las pestañas infinitas y de los ojos de miel de Andrea, que iban camuflados entre el gorro de lana y la mascarilla que cubría gran parte de su rostro. Andrea se enamoró de la voz grave de Andrés, como de Barry White, cuando se disculpó y le cedió el paquete. Enseguida pusieron un metro y medio de seguridad entre ambos. Pero seguían ahí parados, mirándose perdidos en una conversación de ascensor sobre el trending topic del momento.

Mientras Andrea esperaba a que Andrés terminara de pagar, partió el paquete de rollos de WC para compartirlo. En uno de ellos escribió su móvil y lanzó la primera ficha: “¡Llámame! Me encanta tu voz”. El rubor de las mejillas de Andrés se escapaba por las comisuras de su mascarilla. Él le guiñó un ojo que a ella le supo a beso. Después, ambos volvieron a sus casas a seguir con el confinamiento decretado con el estado de alarma para controlar al bicho microscópico pero matón.

Andrés guardó la compra y estuvo intentando racionalizar lo que acababa de pasar. Cogió el rollo en el que Andrea había escrito su móvil y lo colocó en el escritorio. Con el móvil en la mano estuvo tentado de llamarla en ese mismo instante, pero no quería que la conversación se quedara atrapada en lugares comunes, ni que la magia de aquel momento en el supermercado desapareciera. Así que, recordando el “Me encanta tu voz”, abrió el WhatsApp, pulsó el botón del micrófono y le cantó:

“Love is in the air, everywhere I look arround

Love is in the air, every sight and every sound

And I don’t know if I’m being foolish

Don’t know if I’m being wise

But it’s something that I must believe in

And it’s there when I look in your eyes

Andrea contestó con un selfie de ese mismo momento, con los ojos llenos de lágrimas a punto de saltar. Era la primera vez que Andrés veía su rostro sin mascarilla, y se enamoró de todo lo que escondía. Tez morena, nariz respingona y labios finos pero muy iluminados. Cabello largo y negro con flequillo recto sobre unas cejas que enmarcaban esos ojos de los que se enamoró, un par de horas antes.

Andrés también le envió un selfie. Pinta de Hipster bueno, de los que no se hacen los pedantes, ni te clavan el rollo hablando sobre grupos de música indie. Eso sí, barba poblada y camisa de leñador con tirantes. Cabello cuidadosamente estudiado para que despeinado pareciera arreglado. Y obviamente, gafas de pasta.    

La respuesta de Andrea no se hizo esperar, un emoji con corazones en los ojos.

Parece ser que, en aquellos días inciertos, había más de un bicho en el aire. El que les picó a Andrés y a Andrea, el del amor confinado, se contagiaba por la vista y por el oído. Y a pesar de lo difícil que parece enamorarse de alguien sin poder usar los 5 sentidos, parece ser que para ellos no fue un problema enamorarse sin poder acariciar, sin poder olfatear, sin poder saborear. Claro que, este era un amor joven, tenía solamente unas horas de vida, y el grupo de hormonas de la felicidad (endorfina, dopamina, serotonina…) suplían todo lo que faltaba.

Del WhatsApp se mudaron al Skype, para poder verse en movimiento aprovechando todo el ancho de banda. Hablaron de sus vidas, de sus anteriores amores, del trabajo, de donde querían ir después de que todo esto acabara. Rieron con memes, videos de Tik Tok, series de YouTube. Incluso se hicieron un tour virtual para enseñarle su casa al otro.

Perdieron la noción del tiempo, era de madrugada cuando Andrés propuso ir a dormir. Andrea le dijo: “Siempre me ha dado miedo dormir sola, ahora que estás aquí, por favor, podrías dormir conmigo”. Y Andrés, bajo esos kilos de masculinidad milimetrada, pensó que eso era justamente lo que él quería, y le respondió: “Nunca más volverás a pasar miedo”.

Cuando cada uno se metió en su respectiva cama, ambos encararon los portátiles. Entonces Andrés le dijo: “Te voy a contar un cuento, cierra los ojos”. Y Andrea asintió con la cabeza, alucinando con el “hombre que había comprado en el mercado”[1].

Andrea vivía sola.

Vivía sola de noche y vivía sola de día.

De día el Sol entraba por la ventana y se sentía reconfortada. Pero de noche, la débil Luna no podía acariciarla y Andrea se asustaba.

De los ruidos, del silencio, de las sombras, Andrea se espantaba. Pero, sobre todo, de lo que había debajo de su cama.

Por eso, entraba de un salto en ella y no dejaba nunca los pies o los brazos colgando, no fuera a ser que el monstruo que allí vivía se los acabara arrancando.

Hasta que un día, durmiendo, de la cama cayó rodando. Y tanto rodó que al mundo que había debajo de su cama llegó volando.

Cuando se despertó, vio que había un monstruo muerto de miedo en su cama acostado. Como ella, de lo que había debajo de su cama estaba asustado.

Y Andrea le propuso un pacto, si tú no me vienes a visitar yo no te vendré a asustar.

Y desde entonces Andrea que sola sigue viviendo, ya no tiene miedo, porque ella sola a sus monstruos acabó venciendo.  

Andrea se quedó dormida y Andrés, se quedó velando la pantalla hasta que le venció el sueño. Parece ser que más allá del efecto de las hormonas de la felicidad; ambos descubrieron otras formas de acariciar sin usar las manos, de degustar y percibir el amor sin el gusto, ni el olfato. Juntos empezaban a descubrir que existen otras formas de amar cuando se está separado y confinado.

 

[1] Gracias Antonia Dell’Atte por tu aportación pop tan necesaria 😉

Publicado la semana 29. 21/07/2021
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