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Sergio Carrillo

Canas.

Hace un tiempo que las vigilo. Cada mañana, cuando me levanto, evalúo el avance frente al espejo. Cada día hay más. Empezaron a aparecer justo en la zona donde al peinarme me hago la raya. Pero ahora están por todas partes. Al principio, cuando las descubrí, no creía que lo fuesen, pero sí, lo son. Me asustan porque son muy blancas y puntiagudas, desafiando erguidas la inmensidad de mis cabellos castaños, que cada vez es menos inmensidad. 

Esta noche he soñado que toda mi cabeza se llenaba de canas y me he despertado de esa pesadilla jadeando y sudando. Pero esta noche tú estás a mi lado. Me has abrazado y me has dado un beso en la mejilla. No sé si siento más miedo ahora que estoy despierto o antes mientras soñaba. 

Con cuidado de no despertarte me he zafado de ese brazo y esa pierna que me has lanzado y que me aprisionaban contra tu cuerpo. Cuando lo he conseguido me he sentado en el suelo y he estado observando cómo duermes. Tu melena morena se desplega sobre las almohadas de esa manera desordenada, pero con sentido. Tu rostro está relajado, y cuando me descuido tu boca esboza una leve sonrisa. 

Con cierto rubor y también un poco de descaro, he levantado un momento la sábana, unas horas antes todo fue tan rápido que no tuve tiempo de fijarme bien en todos los detalles. ¿Caíste en mi verborrea y mi labia perfeccionada durante años? Me volvió a funcionar, y por eso cuando te despiertes te preguntarás “¿Qué haces tú aquí con un tipo como yo?” Porque con la luz del día ni mi labia, ni mucho menos mi imagen, aguantan tan bien como por la noche con un gin-tonic en la mano. 

Una luz tenue entra en la habitación entre las lamas de la persiana. Guiño un ojo y tu imagen se desenfoca. Guiño el otro y te veo preciosa durmiendo ajena a todo. Además de las canas, mi astigmatismo también avanza. Me pongo en pie y me dirijo al baño. Apoyado en el marco de la puerta, vuelvo a mirarte antes de cerrar la puerta. Te has hecho un ovillo con las sábanas, creo que tienes frio sin mí en la cama. 

Vuelvo a enfrentarme al espejo. He descubierto nuevas matas de canas, cada vez están más extendidas y de manera más uniforme. He descubierto también pequeñas arrugas en el contorno de los ojos. Hay quien dice que esas arrugas son de reír, pero a mí no me hacen ninguna gracia.

La verdad es que tengo miedo de envejecer. De que mi cuerpo se vaya degradando poco a poco. De las canas, de las arrugas, de esta barriga cada vez menos plana, de unas mini varices que me han salido en los tobillos. Pero lo que realmente me aterroriza es hacerme mayor, que no tiene nada que ver con el envejecer, que es algo intrínsecamente físico. Hacerse mayor significa madurar, adquirir compromisos, convertirse en alguien que cumple. 

Pero igual que en lo de envejecer, básicamente porque no depende de mí, lo he hecho más o menos al mismo ritmo que mis coetáneos, con lo de hacerme mayor, que sí depende de mí, no he sido tan constante. Siempre he sido el espontáneo del grupo, el que no quiere una relación que lo ate, el que solo quiere pasión pero nada de compromiso. 

Si incluso teniendo una belleza como tú durmiendo a mi lado cuando me has abrazado y besado para calmarme de mi pesadilla canosa, lo primero que he pensado es “¿pero que hace esta chica aún aquí?”Porque yo echo a la gente de mi vida tan pronto consigo de ella lo que quería, que normalmente siempre es lo que ha pasado esta noche. Es por eso que tengo canas, arrugas, barriga, varices… y además estoy solo. Quizás esas 4 letras sean lo que más pánico me genera desde que ya no soy el que yo creía que era. Desde que ya no me aguanto a mí mismo. Porque ser como yo soy, no es lo que yo quería ser a los 40. 

Mientras me lavo la cara y los dientes me pregunto: ¿y si hoy pruebas a hacer algo diferente? ¿Y si hoy deja de importarte envejecer, consigues hacerte un poco mayor y dejas de estar tan solo?

Abro la puerta del baño y vuelvo a la habitación. Tú sigues hecha un ovillo en medio de la cama. Un sentimiento de ternura me invade.  Me acuesto a tu lado y te abrazo por la espalda. Mi boca pronuncia la propuesta que nunca había hecho: ¿Te quieres quedar a pasar el día conmigo? Tú te despiertas, sonríes, y me dices que sí. Yo, como novedad, inexplicablemente me siento muy feliz con tu respuesta y seguimos acostados un rato. Con tu sí se abren todas las posibilidades posibles, hoy que es sábado por la mañana, el mejor momento de la semana donde todo está por hacer y decidir. 

Publicado la semana 31. 02/08/2021
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