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Sergio Carrillo

En nuestra situación.

Todo comenzó sin premeditarlo, sin darse cuenta. Cada noche alargaba un poco más el momento de irse a dormir. Primero fue por contestar unos mails de trabajo, luego por series de netflix que no compartía con ella y al final por la necesidad de estar solo. Cada vez se iba más tarde a la cama, y una pregunta comenzó a rondar frecuentemente su cabeza ¿por qué? Pero los porqués le asustaban, en gran medida porque sospechaba que esos mismos porqués eran los que generaban ese insomnio auto provocado que últimamente padecía y disfrutaba a partes iguales.

Una noche después de haber visto todos los capítulos que podía ver, se paró en seco al llegar a la cama. Observándola dormir decidió no acostarse junto a ella. Le resultó imposible dar los tres pasos finales antes de meterse en la cama y arroparse. Sin pensarlo, a pesar de ser una gélida noche de finales de enero, se envolvió en una manta y se sentó en una silla en la terraza.

Llegó así la primera de muchas noches en blanco en medio de las noches más negras. Se sentaba envuelto en la manta y apoyaba los pies en la silla de enfrente. Cada noche seguía dándole vueltas a los porqués mientras observaba al gato del balcón de enfrente, andando por la barandilla o incluso durmiendo encima de ella. Así se sentía, en una cuerda floja con la diferencia de que el gato no tenía vértigo, ni miedo de caer al vacío aun sin saber cuantas vidas había gastado.

Al final tuvo que rendirse y dejar de buscar porqués. Porque en realidad lo supo desde el primer momento, pero no quería reconocerlo. No quería dormir con ella. Era así de sencillo y así de trágico también. Sentía que eran extraños. Más aún, sentía que, a pesar de parecerse mucho físicamente, aquella mujer que ahora dormía sola su cama no era la mujer de quien él se había enamorado.

Se convirtieron en desconocidos cuando dejaron de sonreírse cada vez que se cruzaban en el pasillo, cuando dejaron contarse sus sueños y deseos, cuando desapareció la intimidad de caricias y besos en el sofá. En definitiva, cuando dejaron de ver en el otro a quien amaban para ver solamente un compañero de piso con el que compartir gastos.

Esa realidad le rompía el corazón y le robaba el sueño, pero era superior a él volver a dormir con ella, no hubiera sabido como volverlo a hacer sin sentir por ella todo lo que un día sintió.

Una tarde de febrero ella le envió un mensaje de Whatsapp. Salía a cenar con las chicas. Una alegría maliciosa recorrió su espalda dolorida y su nariz tapada por un constipado persistente. Aquel día cenó algo ligero y se fue a dormir pronto para aprovechar la comodidad de aquella cama a la que tanto echaba de menos.

Cuando despertó la mañana ya entraba por la ventana. Sin embargo, seguía solo en la cama. Se levantó y no la encontró en la otra habitación, ni en la sala. Tuvo un palpito y se dirigió a la terraza. Allí, ella dormía envuelta en la manta sentada en la silla donde normalmente él pasaba la noche en vela. Entró a la cocina y preparó un par de tazas de chocolate caliente y volvió a sentarse junto a ella. Le pasó el brazo por encima para acomodar su cabeza y amortiguar su incomodo sueño. Cuando se despertó, ella preguntó:

- ¿Qué crees que deberíamos hacer en nuestra situación?

- Tal y como yo lo veo solo tenemos dos alternativas.

- Te escucho, ¿cuál sería la primera?

- La primera sería rendirnos a la evidencia, no alargar la agonía de nuestra relación. Separarnos de la forma más amistosa posible al principio. Después al dejar de vernos, ir olvidándonos poco a poco. Y al final, que todo esto sea solo un vago recuerdo cuando nuestras vidas se hayan vuelto a encauzar. Seguramente tu encontrarás a alguien más rápido que yo y cuando le sonrías y le beses no recordarás mi sonrisa ni mis besos. Y en ese momento te habrás librado de mi definitivamente.

- ¿y cual sería la segunda? - dijo con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada.

- La segunda…

- Ella lo interrumpió - Ojalá que en la segunda haya un final feliz para nosotros, porque dormiría todos los días en esta silla incomoda y pasando todo el frío del mundo si lo hubiera...

- Esa es la segunda alternativa. Ahora que volvemos a ser desconocidos, separémonos y volvamos a encontrarnos. Volvamos a enamorarnos, volvamos a revivir la pasión de los primeros besos, descubramos de nuevo todo lo que hizo que nos amaramos. Y quizás así descubramos porqué nos encontramos en esta situación.

Unos días después él se mudó al estudio que se alquilaba en el sobreático del edificio del gato funambulista. Volvieron a los 20 años, cuando se conocieron. Volvieron a tontear por el móvil y pronto llegó la primera cita. Los abrazos y los besos se convirtieron de nuevo en parte del lenguaje en el que se comunicaban. Pensaba en ella todo el día. Necesitaba hablar con él todo el día. Volvieron a compartir confidencias e intimidades. Una noche, cuando volvían del cine, porque sí volvieron a ir al cine juntos, él le preguntó si le apetecía subir y tomar algo en casa. Esa fue la primera del resto de las noches en las que se fueron a la cama a la misma hora para dormir juntos y abrazados. Pero además, aquella fue la primera del resto de las noches en las que el calor de su amor hizo que nunca más necesitaran dormir en la terraza.

Publicado la semana 36. 07/09/2021
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