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Sergio Carrillo

Día (im)perfecto.

Clink. A las 6.32 un Whatsapp se descolgó por la pantalla, justo un par de minutos después de que sonara la alarma. “Aquí hay una tormenta que da miedo… ¿llueve allí? Me apetece mucho verte… pero a lo mejor deberíamos dejarlo para otro día”. Yo que ya estaba metiéndome en la ducha, solo te contesté “salgo en 20 minutos de casa… tendré cuidado no te preocupes”.

Un par de días antes te escribí para tentarte. Te decía que iba a explicarle un cuento chino a la jefa porque necesitaba dedicarme un día para mí, y que no se me ocurría nadie mejor con quien compartir el día que contigo. Tú te dejaste tentar porque hacía semanas que no nos veíamos. Justo desde que te mudaste a aquel pueblo de montaña donde podías teletrabajar, respirar aire puro, hacer carreras de montaña… pero en el que no podíamos vernos tan a menudo, como cuando vivíamos en la misma ciudad. Claro que no teníamos nada a lo que se le pudiera poner un nombre, pero tú sabías que yo estaba colado por ti y aún así te fuiste sin que habláramos un poco en serio del tema.

Antes de arrancar puse el GPS. Un último whatsapp “el GPS marca que llegaré en una hora y media, hacia las 8.30”. El cielo estaba encapotado, con nubarrones negros a punto de descargar. Los truenos y los relámpagos no cesaban. Un aguacero intenso salió a mi encuentro. El cielo cada vez rugía con más fuerza. La visibilidad cada vez era más difícil. Hasta que encontré las luces de galibo de un camión. Por un momento tuve la sensación de que esas luces rojas me hipnotizaban y pensando esto mi coche empezó a deslizarse por el pavimento en un aquaplaning sin freno. Aun no sé como conseguí tomar de nuevo el control cuando el coche estaba atravesado entre el primer carril y el arcén.

Cuando recuperé de nuevo el aliento y pude templar los nervios, atiné a poner de nuevo en marcha el coche y pude reincorporarme a la marcha. El reloj del coche marcaba las 7.59. La tormenta se fue retirando. Lentamente dejó de llover. En pocos minutos empezó a lucir un sol grande y brillante justo frente a mi. Decidí no explicarte nada porque no quería preocuparte, y tampoco quería que me dijeras que había sido un imprudente conduciendo con tan mal tiempo.

Como es habitual y marca de la casa no entré por la salida que me indicaste y te hice recorrer medio pueblo para venir a rescatarme. Te montaste en el coche, me deseaste buenos días, me miraste a los ojos y se me olvidó el mal viaje que había pasado. Empezaba mi día perfecto y no había nada tan perfecto como compartirlo contigo.

Desayunamos en una pequeña cafetería, de la única calle comercial del pueblo. Tú me explicabas que te encantaba aquel lugar, los paisajes, las rutas para hacer caminatas, los olores del bosque, los sonidos de la noche y el silencio de los días. Yo solo podía mirarte y pensar que no se podía ser más guapo y que me moría por besarte. Después me retaste a hacer una caminata que simulaba un camino de ronda al rededor del valle en el que se encontraba tu pueblo. Nivel principiante me dijiste… no quise desconfiar, pero sabía que me ibas a poner a prueba.

Hay que reconocer que tenías razón en que los paisajes eran preciosos. Saqué mi móvil para hacer alguna foto y cuando fui a desbloquearlo el reloj marcaba las 7.59. Qué extraño pensé casi debía ser mediodía, pero tú querías aprovechar que tenías fotógrafo para que te hiciera algunas fotos de postureo para subir a Instagram, y acabe olvidándolo. Después de vuelta me dijiste que habías reservado una mesa para comer en la fonda del pueblo El escondite. Me dijiste que estabas contento de que hoy no te sentaran en la mesa de los solteros y divorciados que comen normalmente solos, junto a la pared y la puerta de la cocina. Que estabas contento de que hoy, conmigo, nos sentaran en el centro del salón. Con tu habitual desparpajo seguiste bromeando y flirteando conmigo, como si alguno de los dos tuviera duda de cuanto me gustabas.

Después de comer fuimos a tu casa, una pequeña pero acogedora buhardilla. Atardecía, mi reloj casio marcaba las 7.59. No entendía porque todos los relojes se habían revelado contra mí. Me invitaste a asomarnos por la ventana y tú te acercaste y me abrazaste. Susurraste un “te he echado de menos”. Luego un largo beso de camino a la cama, nervioso como la primera vez que nos vimos, no conseguía desabrochar ningún botón. Tú tomaste el mando y todo se precipitó en el exceso de nuestras carnes, en tu respiración agitada y en mi deseo de más y más. La siesta, un gran placer siempre que se comparte con el compañero adecuado.

Tumbados en la cama me diste la mano y te quedaste dormido. Con esa delicadeza de sueño ligero, casi en vigilia, comenzaste a resoplar de vez en cuando. Porque tú eras tan perfecto que ni siquiera roncas, solo resoplas. En aquel momento en mi cobardía, quizás deseando que me escucharas entre sueños, me sentí fuerte para confesarte: “Te quiero desde el primer momento en el que pronunciaste mi nombre con una sonrisa en los labios y desde que vives aquí no sé ni como me aguanto a mí mismo sin verte. Ojalá hubiera sido valiente entonces y te hubiera explicado lo que sentía. Ojalá tú hubieras esperado a que lo habláramos antes de marcharte”.

De repente un relámpago, seguido de un trueno ensordecedor. Oscureció muy rápido. Despertaste y parecías asustado. Me soltaste la mano y cogiste el móvil. Escribiste a alguien, no alcancé a ver a quien. Actuabas como si yo no estuviera allí contigo. Sonó tu móvil, clink, y leyendo el mensaje pusiste cara de preocupación. Yo intentaba hablarte pero no me oías. Encendiste la radio y escuchaste el parte meteorológico de las 7.45, no va a parar de llover en todo el día. Te metiste en la ducha y volvió a sonar tu móvil, ahora una llamada ring-ring. Sales corriendo de la ducha. En aquel momento empecé a recordar y entender lo que estaba pasando. Al otro lado del teléfono alguien te informaba y tú solo podías repetir “accidente”. Mientras tus ojos se llenaban de lágrimas te pusiste una camiseta y unos tejanos. Saliste corriendo de casa.

Justo en ese momento, mi reloj casio hizo bep-bep y marcó las 8.00. Aparecieron de nuevo frente a mi las luces rojas de galibo que me hipnotizaron, la impotencia de las ruedas de mi coche deslizándose sin control y después un largo silencio ciego. Pero la fuerza de la inercia de ese último minuto fue más feroz que el accidente. Me concedió la oportunidad estirar ese fragmento minúsculo de tiempo para verte y confesarte todo lo que necesitaba que supieras antes de marcharme. La inercia contenida en ese último minuto consiguió que ese día imperfecto se convirtiera en algo perfecto.

Publicado la semana 37. 14/09/2021
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