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Sergio Carrillo

Retratos de una expectativa.

Rosa realizaba el mismo ritual cada mañana al levantarse. Se acercaba a la cómoda donde tenía todas las fotografías de Pablo, le deseaba buenos días y hablaba un rato con él. Bueno, con él no, con sus fotografías. Después una ducha rápida, porque cada mañana se entretenía más de la cuenta contándole el día que le esperaba. Saliendo por la puerta de la habitación le lanzaba un beso y se despedía hasta la tarde antes de salir de casa.

Cada mañana venerando las mismas fotografías, durante un año de amor. Todas las fotos de Pablo eran iguales. En todas la misma sonrisa, la misma pose, la misma ropa. Solo cambiaba el fondo. Junto al Big Ben, delante del Coliseo en Roma, a los pies de la Torre Eiffel. Según Rosa, Pablo era piloto en una aerolínea comercial que cubría diferentes rutas europeas y casi nunca estaba en casa. Por eso, se pasaba las mañana hablando con sus fotografías.

Me encantaría explicaros que la versión de Rosa era verdad. Que se conocieron cuando ella voló a Roma y que al salir del avión se tropezó con Pablo. Que él se enamoró en el acto de Rosa. Que pasaron el fin de semana juntos en Roma. Y que al volver a Barcelona ya nunca más se separaron, bueno solamente cuando Pablo volaba por trabajo. Pero lamentablemente la versión de Rosa era una realidad inventada a la recurrió porque estaba harta de no encontrar un hombre que cumpliera con sus expectativas.

La verdad era que la historia de Rosa y Pablo nació en un bazar chino. Sí, sé lo que estáis pensando, un bazar chino es un lugar tan válido como cualquier otro para nazca la chispa entre dos personas. Siempre, claro está, que la chispa nazca entre dos personas. Rosa curioseaba en las estanterías llenas de cosas inservibles que no necesitaba. Allí estaba Pablo sonriente, con su pose aprendida y su camisa blanca. Pablo era el modelo que aparecía en todos los marcos de fotos de 2,50€. Quién sabe si realmente se llamaba Pablo. A Rosa le pareció un chico atractivo, pero más aún, le pareció el novio perfecto. Un folio en blanco para decidir cómo quería que fuera. En el que volcar todas las expectativas que tenía sobre como era su chico perfecto. Compró todos los marcos que había en el bazar chino, no quería que ninguna chica más pudiera tener una fotografía de Pablo en su casa, ella era un poco celosa.

Colocó todos los marcos encima de la cómoda de la habitación y día a día fue inventando una historia entre ella y ese chico anónimo al que ella dotó de nombre, historia y alma. Sin embargo, ni siquiera se tomó la molestia de enamorarse de aquella imagen. Realmente se enamoró de la imagen que ella construyó sobre todo lo que esperaba que él fuera. Con la ventaja de que esa imagen no podía darle réplica, ni contradecirla, y siempre sería y haría lo que ella esperaba.

Ayer, casi a la hora de cenar, alguien llamó al timbre. Rosa no esperaba a nadie, estuvo tentada de no abrir la puerta, pero finalmente abrió. Las piernas le flojearon cuando bajo el umbral encontró a Pablo, sonriente en su pose habitual. Pero no era una fotografía, y entró a casa disculpándose por llegar tarde, comentaba que el vuelo de Berlín se había retrasado. Rosa escuchó a lo lejos un “¿qué hay para cenar?” cuando él se acercó a ella la besó y se encaminó hacia el salón.

Rosa lo observaba atónita desde la cocina, mientras él no dejaba de hablar explicándole qué tal había ido el día e interesándose por el de ella. Rosa no recordaba que ella hubiera imaginado que tuviera aquella incontinencia verbal. Tampoco recordaba haber imaginado que Pablo fuera desordenado. Mientras ella acababa de poner la mesa, él se iba sacando los zapatos y quitándose el uniforme, que dejó tirado en un rincón de la habitación. Se sentó en calzoncillos y calcetines a cenar. Rosa no se lo podía creer, su Pablo no llevaba nunca slip siempre usaba boxers, y además siempre se ponía un pijama para estar por casa.

Eso sí, este Pablo era igualmente atractivo y en las distancias cortas parecía igual de arrebatador que en las fotografías que había sobre su cómoda. Entonces llegó la hora de no ir a dormir. A ella le pareció un amante correcto, pensó que no había estado mal, pero tampoco hubo fuegos artificiales. Cuando ella se imaginaba a Pablo encima lo hacía, como dirían sus amigas, como un empotrador. Sin embargo, este Pablo era demasiado besucón, demasiado tierno y cariñoso, demasiado dulce y protector. Ella había imaginado más acción y menos sabor a vainilla.

Justo después, él se quedó dormido abrazado a ella. Rosa intentó zafarse como pudo, porque no podía dormir así. Además cuando le venció el sueño profundo comenzó a roncar, su Pablo nunca roncaba. Sin embargo, este Pablo hizo algo que el suyo nunca hizo, quizás porque ella nunca lo había imaginado, entre sueños y al oído le susurró “te quiero”. Cuando lo escuchó desistió de rechazar su abrazo. Estaba contrariada, ella llevaba toda la noche poniendo mala cara y pensando que él no era como ella había imaginado, y él había sido amable y cariñoso, realmente estaba feliz de haber llegado a casa para estar con ella.

Por la mañana cuando se despertó Pablo ya no estaba. ¿Quizás fuera todo un sueño? En cualquier caso, Rosa retiró todas las fotos de Pablo y dejó los marcos vacíos. Decidió dejar de vivir en ese mundo de expectativas y salir a buscar a ese Pablo imperfecto pero real, al que querer tal y como fuera.

Publicado la semana 38. 25/09/2021
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