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Sergio Carrillo

Anatomía superflua.

Todo comenzó por la nariz. Paraser más precisos, todo comenzó por el tabique desviado de la nariz. A él siempre le habían dicho que le daba personalidad, que hacía que su cara fuera única y peculiar. Sin embargo, la idea de una nariz estándar de tabique recto le seducía. Tanto que, finalmente, decidió comprarse una e instalársela.

Al principio le costaba reconocerse. Se veía raro en el espejo, como si no fuera él mismo. Contrariamente, sus allegados le decíanque el cambio le sentaba muy bien. Que su nueva nariz hacía que resaltaran más sus facciones, que no se veían eclipsadas por aquel tabique desviado tan prominente. Tan buenas fueron las sensaciones que ofrecía aquella nueva nariz, que comenzó a sentirse cada vez más identificado con su nuevo apéndice.

Entonces llegó el cumpleaños de ella. Él decidió regalarle unos nuevos muslos fuertes y delgados para sustituir sus cartucheras. En un primer momento ella se lo tomó como una ofensa. Pensó que había dejado de gustarle. Él le dijo que la amaba tal y como era, pero que sabía que en el fondo ella siempre había pensado en deshacerse de sus formas generosas de cintura para abajo. Que solo quería hacerla feliz y que se sintiera mejor consigo misma. La instalación de muslos no resultó tan sencilla como la instalación de su nariz. Ella se enamoró de ellos cuando se los vio puesto, y a pesar del esfuerzo que tuvo que hacer durante la instalación, corrió a probarse todos los vestidos ajustados que tenía en el armario y que hacía años que soñaba con ponerse.

Se sentían felices y bellos, él con su nueva nariz y ella con sus nuevos muslos. Cómo una pareja de portada de revista del corazón. Precisamente ojeando una revista, viendo actores y modelos en bañador en sus vacaciones, él pensó que siempre había querido un vientre plano. Descubrió una oferta en la que además le añadían el six pack y los oblicuos, 3x1...no pudo resistirse. La instalación fue un poco dolorosa,pero mereció la pena, estuvo días enteros sin ponerse una camiseta. Ella quiso acabar de perfilar su nueva figura con un culo respingón y turgente, de piel aterciopelada.

Con cada nueva actualización de sus cuerpos, se gustaban más y más a sí mismos. Se sentían extremadamente irresistibles y pasaban las horas observándose y mimándose. Los otros comenzaron también a mirarlos con deseo. Ese fue el punto de inflexión. La sensación de sentirse deseados era aún mejor que la sensación de gustarse a sí mismos, y finalmente también comenzó a ser mejor que la sensación de gustarse el uno al otro.

En su ansia de lucir aún mejor su nuevo cuerpo para seguir alimentando su ego, se despertó en ellos un ánimo exhibicionista. Él decidió invertir algo más de dinero en comprarse unas piernas fuertes y resistentes para hacer running. Con ellas se dedicó a correr por toda la ciudad en pantalón de deporte y camiseta de tirantes, o sin ella, para que todo el mundo pudiera admirar la perfección de su cuerpo y poder disfrutar de la sensación de las cabezas girándose al verlo pasar.

Ella decidió comprarse una melena larga, lisa y sedosa de tonos rubios y unos ojos verdes a juego. En el pack le incluyeron también algunas pecas para saltear sus mejillas.

Tanto cambiaron por fuera, que al final se transformaron por dentro. Confundieron la parte por el todo. Se volvieron superficiales, ególatras, mezquinos, y al final surgió el desamor entre ellos. Tomaron rumbos diferentes. Dejaron de verse y de hablarse. Se convirtieron en desconocidos, y finalmente se olvidaron el uno del otro.

Sin embargo, la perfección cansa, y la mezquindad y la superficialidad cansan aún mucho más. Las miradas de deseo desaparecían cuando alguien cruzaba un par de palabras con ellos. Nadie quería comenzar una relación con ellos porque se habían olvidado de compartir y amar. Nadie quería tener sexo con ellos porque nadie era suficiente cuando se quedaba desnudo frente a ellos. La perfección que al principio les reportaba admiradores, finalmente hizo aflorar la soledad más absoluta.

Un día que él se dirigía a casa después de salir a correr, ella giraba la esquina y chocaron. La colisión fue tan fuerte que salieron volando todos los apéndices que se habían comprado. Quedaron tirados en la acera con toda aquella carne a su alrededor, como si de Mr y Mrs Potato se trataran. Al mirarse recordaron quienes eran y como habían llegado hasta allí. No les hizo falta hablar, recogieron la nariz, los muslos, el culo, la melena y los abdominales y los tiraron al contenedor de la basura orgánica. Cogidos de la mano, se dirigieron de nuevo a compartir juntos la indiferencia del mundo hacia su imperfección. Indiferencia que deseaban fervientemente.

Publicado la semana 7. 15/02/2021
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