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SuHa

De secretos y mentiras

     Creí que sería sencillo. Sólo había que omitir información. Eso no era mentir estrictamente hablando. Pero el tema salía constantemente cuando charla a con ella, en conversaciones que no tenían relación alguna con él, como si el universo estuviera conjurando en contra mía. A veces sentía que me iba a explotar el cerebro.

     “No se miente”, “¿recuerdas la historia de Pinocho?”, “se pilla antes a un mentiroso que a un cojo”… Mi pobre madre, que siempre pensó que no la atendía ni entendía, qué orgullosa habría estado de mí.

    No era el primer secreto que me veía obligado a guardar, ni el único que guardaba en aquel momento, siquiera; pero se trataba de mentir a mi mujer, y el vaso de mis secretos estaba a puntito de colmarse.

     Y mi hermana y mis cuñados, con qué naturalidad y tranquilidad navegaban en ese mar de medias verdades y verdades enteras. Ocho días llevaba yo sin pegar ojo, y lo poco que conseguía dormir era para sufrir pesadillas infernales sobre lo que me ocurriría al llegar a las puertas del cielo.

     Pues haz como si no supieras nada, olvídalo – consejos de hermana. Pero bueno, ¡mentir a mi mujer!

 

     Y lo peor fue que al final tuve que Mentir, con mayúsculas, no valió con las omisiones…

—¿ Tú sabes algo? — con qué confianza y despreocupación lo preguntaba, dando por hecho que yo era un ignorante de todo, porque yo jamás mentía. Y si lo hacía, se sabía, se notaba.

     Así, ante esa pregunta, me ruboricé y empecé a sudar como una fuente. La garganta se me secó y, como un gallo afónico contesté:

  — No.

     Y salí corriendo de la habitación. En mi carrera tropecé con la mesa del salón y caí de bruces al suelo, golpeándome la cabeza con el mueble de la tele y viendo cómo empezaba a sangrar de la frente. Tres puntos de sutura.

     Mentir era mala idea, siempre; y el karma te lo hacía pagar. Y sin embargo, qué tremenda adrenalina me había embargado cuando pronuncié aquellas dos letras de corrido e intentado no mirar. Y sin embargo también, no había sido tan difícil hacerlo y Marina, mi esposa, no parecía haberlo notado esta vez, o al menos no se había enfadado…

 

     Mentir… Compulsivamente… Eso se convirtió en mi nuevo hobby. Recordaba bien haber conocido a gente así, que mentía hasta en lo más mínimo, sin motivo ni excusa a menudo (“soy rubia natural”, “ayer estudié doce horas seguidas”, “pido el día para ir al entierro de mi tía que no existe y ya van tres veces que se muere”…). Yo los tenía por gente de no fiar y había visto bien cómo eran dados de lado por todos. Pero cuando uno probaba ese vicio era difícil resistirse, y realidad y ficción parecían ir de la mano en un universo donde todo era relativo. Y uno se sentía un poco rey que dice y hace lo que quiere y miente a su pueblo y él, aún así, sigue adorándolo. Mentía en cosas tan nimias y absurdas que reconozco que a menudo resultaba ridículo; pero no podía parar.

  — ¿A dónde vas, cariño?

  — A tomar unos vinos.

     Y cinco minutos después estaba en casa con una barra de pan, porque había ido a la panadería. Y Marina, mi mujer, no decía nada. Me miraba con extrañeza, pero callaba; como temerosa, quizás, de que me estuviera volviendo loco; y es que quizás me estaba volviendo, efectivamente, un poco loco.

  — Ricardo, ¿ha terminado el informe que le pedí? — mi jefe.

  — No.

     Y lo tenía listo en el cajón de mi escritorio, y se lo llevaba minutos después. Y él también se mostraba extrañado, pero se mantenía en silencio.

  — Ricardo, ¿esa chaqueta es nueva?— mi amigo Pedro.

  — No, se la robé a un mendigo… Es una @aventura fascinante, ¿te la cuento?

     Y otra vez esa mirada de desconcierto. Y me inventaba una historia rocambolesca y él esperaba como si fuera a decir finalmente “que es una broma…”. Pero no lo decía, porque las bromas son una cosa y lo mío eran mentiras; lo mío era engañar y reírme de todos, no que los demás me acompañarán en mis desvarío. Quería tomarme la revancha por todos los que metían y llevaban haciéndolo toda la vida sin remordimientos.

 

     Hasta que un día me hicieron una intervención. Lo habían visto en la tele, seguro; una ñoñería americana, supongo. Ahí estaban, cuando llegué a casa, como si fuera una fiesta sorpresa de cumpleaños, pero a muy mala leche: mi mujer, mi hermana, mis cuñados, algún amigo, hasta mi jefe… Menos mal que a mi padre lo dejaron fuera de aquella fraternidad recién estrenada. 

  — Ricardo, queremos hablar contigo.

     ¡Ay, mamá, cómo te habrías disgustado! Me echaron en cara mi actitud de los últimos meses, mis mentiras sin sentido, mi cambio de personalidad. Querían que visitara a un terapeuta. ¡Aquella banda de embusteros profesionales quería que yo fuera a un psicólogo por mentiroso! ¡Pero o si mi único delito era el de mentir mal, por falta de práctica durante toda mi vida! 

  — ¡Pero si sois vosotros los que me habéis llevado a esto con vuestros secretitos! Sobretodo con eso de que no le dijera a mi propia mujer la verdad. Porque cariño, sí, yo sé bien lo que te tienen preparado todos por tu 50 cumpleaños, ¡LO SÉ!

  — Pero cariño, eso no es una mentira en sí; o desde luego no es grave, al menos, porque su finalidad es positiva, es dar una sorpresa.

  — ¿Y quién decide qué mentira está justificada y cuál no?B

  — Bueno, es subjetivo, sí… Pero últimamente estás mintiendo en todo, no sé siquiera si eres consciente de la realidad ya.

  — Bien, pues si se trata de ser sincero, si eso que me criticabais ahora me lo pedís, os diré que guardo muchos secretos desde hace años; vuestros, por vosotros. Secretos que me obligan a trasnochar y que me han llevado a este bucle del que ahora no puedo escapar. Marina, mi hermana, le es infiel a su marido con el profesor de kárate del niño desde hace por lo menos cinco años; qué pena que Fidel no esté aquí hoy para enterarse, ¿no? Vosotros que valoráis tanto la verdad... ¡Ah! Y mi mujer se tiñe el pelo, no es rubia natural y nunca lo ha sido; por eso no muestra a nadie sus fotos de niña, para esconder una realidad por un motivo muy justificado, ¿no creéis? Y si queréis más sinceridad, sepáis, audiencia mía, que mi jefe se lleva algunos honorarios de propina de vez en cuando, aunque no me cabe la menor duda de que lo declara todito a hacienda. Y Pedro, amigo mío….

  — A mí es que me a igual que mientas, Ricardo, de verdad, tú como veas — es que sobre los amigos uno sabe mucho... 

  — Ya…

     Todos callaban. El ambiente era tan tenso que parecía que la habitación entera iba volar por los aires de un momento a otro. Finalmente mi mujer, muy buena anfitriona ella, dijo:

  — Bueno, pues creo que Ricardo ya ha entendido todo perfectamente, así que podéis ir marchándoos.

     Que a mí me sonó un poco al manido “aquí no hay nada que ver, circulen…”. Y era eso, una desesperada llamada para que todos se marcharan y olvidaran en lo posible lo allí acaecido. Y se fueron. Y yo me quedé la mar de bien, me tumbé en el sofá y allí me dormí, porque esa noche no iba a ser bien recibido en la cama matrimonial, seguro. Pero descansé como un bebé, por fin, como hacía años no hacía. Las intervenciones podían ser útiles, a la postre. Al menos seguro que nadie volvía a confiarme ningún secreto.

Publicado la semana 15. 18/04/2021
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