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SuHa

Un lindo gatito

     Una vez mi madre vio cómo el coche que circulaba delante suyo atropellaba un gato que resultó no correr lo suficiente. El animal salió volando y terminó tirado en una esquina de la carretera secundaria que llevaba a nuestra casa. Mi madre no lo dudó: detuvo el coche en el arcén, puso las luces de emergencia, se apeó y fue a ver si había algo que hacer allí. Aún respiraba; jadeaba un poco, los ojos se le iban de un lado a otro, pero “no se le había salido nada”. El futuro no parecía prometedor, pero dicen que mientras hay esperanza hay vida (o al revés, pero en este caso había más esperanza que vida). De cualquier modo, si lo dejaba allí era seguro que lo atropellarían de nuevo hasta hacerlo puré de gato. Incluso si lo apartaba arrastrándolo hasta el arcén, si no lo socorría, no había duda de que no sobreviviría. Había que intentarlo. Lo recogió con sumo cuidado; él no se resistió, sólo emitió un apagado maullidos que a ella le pareció de puro agradecimiento. Lo puso con suavidad sobre una manta doblada con esmero, en el asiento del copiloto, maniobrando con una sola mano mientras en la otra lo sujetaba como si de un bebé se tratara. Una vez montó en su asiento, condujo todo la rápido que pudo, de forma casi temeraria, hasta el centro veterinario del pueblo. Por desgracia, tras auscultarlo, la especialista no tuvo ninguna duda: tenía los órganos internos machacados; no había nada qué hacer. El animal estaba sufriendo, agonizando; y para nada. Para nada quería eso mi madre, por lo que pagó para que le dieran un sedante que lo llevara al otro mundo sin más sufrimiento. Aquel día volvió a casa machacada ella también. Llegó bastante más tarde de lo habitual. Había estado llorando, sus ojos aún húmedos y enrojecidos la delataban. Quizás no era sólo por el gato, quizás pensaba en su padre, para el que no se permitió una eutanasia a la que aquel gato anónimo sí había tenido derecho.

 

     A mi amiga Laura le pasó algo parecido. Solo que en su caso ella fue quien atropelló al pobre animal: un gato pardo de ojos verdes y dorados, escuálido y sucio, aunque bello a pesar de todo. Yo no estaba presente, pero sé cómo era porque…

 

     El gato apareció de repente de la nada. Laura paró bruscamente en cuanto oyó el golpe, ya demasiado tarde. Dejó el coche en el arcén y corrió a ver qué había ocurrido, entrada de lleno en pánico: “¿Qué he hecho?”. El golpe había sido demasiado tremendo, el pobre animal había dejado ya de respirar. Sólo pudo apartarlo hasta el arcén, para que no lo destrozaran y terminara siendo una alfombra para coches, sangrienta y peluda. Las lágrimas se le salían sin contención; de pena, de culpabilidad. 

     Sacó el móvil del bolsillo. Activó la cámara, la configuró en modo selfie y encuadró. La imagen fue directa a su Instagram; hashtag #gatoatropellado, hashtag #tristezaypenita.

 

     Por eso sé cómo era el gato... Está claro que son otros tiempos.

 

Publicado la semana 17. 29/04/2021
Etiquetas
Selfie, Eutanasia, gato, Atropello, Tiempos
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