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SuHa

P@gina blanca

     Miraba la hoja fijamente, esforzándose en intentar persuadirla, imaginándose con poderes, como Matilda, quizás si creía en ello fuertemente… Esperaba que el folio diera una señal en cualquier momento, ya con cierta desesperanza, tras horas intentándolo. Esperaba que de él manara una idea brillante que le llevara a escribir una buena historia, al fin; la mejor de su vida; la mejor de todos los tiempos, si había suerte.

 

     La Página en Blanco. Aún se resistía a creer en aquel mito que siempre había visto como la más manidas de las excusas de los escritores; pero ahí estaba, como todas aquellas cosas que nada más negarlas se le habían aparecido sin piedad durante toda su vida, solo por llevarle la contraria. El mundo estaba en su contra y él ya había perdido suficientes batallas como para saber que esta vez la cosa no sería distinta. Lo asumía: era un loser; bueno no, ese término era demasiado cool para él; era un perdedor raso, sin ningún tipo de je ne sais quoi. Pero esta vez cambiaría de táctica. Ya Einstein vio que es absurdo buscar obtener resultados distintos haciendo siempre lo mismo. Así que esta vez pelearía de otra manera contra aquel sino suyo de m*. Su lucha sería pacífica, como hacían los hippies de los 60; pero sin flores, que era alérgico; y sin drogas, que no había presupuesto; lo suyo parecía consistir en hacer siempre la versión de serie Z de las películas de serie B. Así, sentado en aquella vieja silla de madera apolillada, en el sótano de su anciana tía, donde vivía de alquiler, frente a aquella maldita hoja blanca, esperaría paciente a que la susodicha se rindiese y hablase.

 

     Así pasó varios días: allí dormía, incómodo; allí comía, cualquier snack insano; allí meaba, en un orinal que vaciaba por la única ventana que aireaba la diminuta estancia, sólo cuando el ambiente se hacía insostenible. Pero su lucha tardaba en dar resultados y él comenzó a impacientarse. A veces se dormía sobre la página, aplastándola, doblándola y arrugándola; a veces mordisqueaba pequeños trozos de folio; a veces salpicaba de orina a su maldita archienemiga. La violencia, aunque discreta, comenzaba a manifestarse; la ira supuraba ya por sus oídos, por sus órbitas, por cada orificio de su cuerpo; como la pus, como la metástasis que invade silenciosa pero imparable los órganos vivos hasta someterlos a todos. No iba a poder retenerla mucho más.

 

     Aquel día terminó durmiéndose de nuevo sobre el papel, tras largo tiempo sosteniéndole la mirada. Algunas horas después lo despertó un ruido: era la hoja, moviéndose como un sonajero burlón. Él la miró curioso, parecía bailar al son de una melodía que él no escuchaba. La ventana estaba cerrada y no corría un ápice de aire en el interior de la cargada habitación. ¿Cómo era posible que se moviera? Se quedó quieto, sin perderla de vista. ¿Estaba claudicando? Sonrió: su plan estaba dando frutos al fin.

     El folio bailó durante un rato  más y, finalmente, como guinda para el pastel de su danza, saltó desde el escritorio y planeó un rato antes de aterrizar en el orinal. El líquido estancado allí comenzó a subir por él poco a poco entonces, empapándolo. Lo rescató en el último momento, asiéndolo por la única esquina que quedaba aún intacta. Evaluó los daños: ¿era aún apto para escribir en él?  El folio se meneó en sus manos y se le escapó de entre ellas. Un pensamiento le surgió entonces: "pobrecita hoja... ¿Cómo hemos llegado a esto?". Pero era tarde para cualquier piedad. Su plan, efectivamente, había empezado a fructiferar,  si bien no parecía ir a darle las peras que él pedía. 

     La hoja se lanzó sobre su cara, impidiéndole respirar. Durante unos segundos el olor a orina invadió sus pulmones. Después, ni siquiera eso: la falta de oxígeno  empezó a nublar sus pensamientos y él empezó a notar debilidad en las piernas. Conseguía sostenerse a duras penas. Se estaba asfixiando. Maldita fuera. Cayó al suelo de rodillas, y peleó aún un poco más. Era inútil, iba a perder aquella batalla también… O quizás no, pensó a punto de caer inconsciente,  “yo gano: esto sería una gran idea para un relato. ¡Yo ganó! ”. Sonrió, y la hoja se apretó con más fuerza aún contra su rostro, metiéndose en su boca y presionándole las amígdalas. Se percató entonces de un pequeño detalle: no podría escribir su relato si no sobrevivía. Así que usó las últimas fuerzas que le quedaban para pelear y sacarse la hoja de la boca  haciéndola añicos y tragado sin poder evitarlo algún que otro trozo de la misma.

     Respiró. Aire, al fin. Fue recuperando el aliento poco a poco. Jadeaba trabajosamente echado en el suelo, exhausto. Su mente aún estaba algo nublada, pero lentamente fue aclarándose. Pronto estuvo lo suficientemente despierto como para verlo claro: "vaya m* de idea". Era el maldito Ed Wood de los escritores. 

Publicado la semana 21. 30/05/2021
Etiquetas
Página en blanco, Escritura, Ideas
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