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SuHa

Dedo meñique

     ¡Madre mía! ¿Cómo podía haberlo    olvidado? En el último momento, siempre todo a última hora, más al límite que MacGyver, j*. Iba aún con la bragueta abierta, los cordones sueltos y el sujetador a la vista de cualquiera que se cruzase en mi camino cuando cerré la puerta de casa de una patada, haciendo demasiado ruido. Estaba ganando puntos por momentos con los vecinos. Una zapatilla salió volando. Fui a por ella. “Calma, calma… ”, ahí estaba mi pobre racionalidad haciendo un llamamiento para que me serenara, una vez más. La escuché, para su sorpresa. Me senté en el suelo y paré durante unos segundos que me dieron para mucho: para atarme los cordones, para subirme la cremallera del pantalón, para abrocharme la camisa y la chaqueta; eso de entrada. Y luego ya para otras cosas no menos importantes como preguntarme qué c* estaba haciendo. Eran las seis de la mañana de un domingo lluvioso y frío, pleno enero. Pero era el día elegido; éramos jóvenes cuando concertamos la cita. No pensamos que veinte años después la meteorología podría ser un factor que nos preocupara, porque entonces no lo hacía en absoluto.

     “¿A qué voy?”. No hubo respuesta, aunque no me extrañó; mi voz interior debía haber tirado la toalla, porque en los últimos tiempos la había estado evitando bastante. Antes de que me diera por actuar con un poco de cordura me levanté y fui hacia las escaleras, con rapidez, no fuera a ser que se pronunciara mi Pepito Grillo en el último momento, porque me importaba tres pimientos lo que la razón argumentara, en realidad. Quería ir y punto. De todos modos, me percaté de repente, me había dejado las llaves de casa en casa. Las del coche no; eso era o una desgracia más o una señal del universo, así que me decanté por la teoría segunda.

     Pero la teoría se venía abajo por momentos. Ya cuando llegué al coche estaba empapada de arriba abajo. Todo iba a salir mal, mal total. Aun así seguí hacia adelante, a burra no me iban a ganar. El coche tardó en arrancar, pero si no fallaba nunca, j*. Al final cedió; buen chico.

 

     Había parado de llover. Aún así, estaba sentada en el asfalto mojado, las siete y media de la mañana, un frío que pelaba… Menos mal que a esas horas no había nadie que fuera a ser testigo de mi ridiculez. Comenzaba a amanecer. La hora fijada había pasado ya, pero él no se caracterizaba por su puntualidad precisamente, al menos no en su versión adolescente. Hacía once años por lo menos que no nos veíamos; empezaba a costar ya echar cuentas y el tiempo había pasado con increíble velocidad; a partir de los dieciocho el reloj se había acelerado.

     El paisaje era hermoso. Por algo habíamos elegido aquel lugar, un rinconcito del universo más bien poco transitado, para llorar nuestras penas aquel día. Era un puente con vistas a un pantano de corta historia, aunque probablemente testigo de muchas historias, como la nuestra, desde su nacimiento. Allí habíamos decidido aquel mismo día fijar una cita para veinte años después. Entonces no llovía, ni hacía frío, fue un día de buen tiempo para lo que tocaba; lo único bueno que le encontramos a aquel día.

     Por lo demás, él enfrentaba demasiado joven la muerte de un padre que jamás lo había abrazado, pero cuya ausencia no podía soportar. Mis penas eran otras: rotura de corazón en grado agudo y divorcio de padres inminente… Todo, hay que decirlo, en un momento de revolución físico-psicológica: la maldita adolescencia parecía querer triturarnos como en una picadora, y yo solo anhelaba salir de aquello convertida en una albóndiga digna en vez de terminar como comida para perros.

     En aquel puente nos encontramos de casualidad y miramos juntos al horizonte de la nada durante horas, escuchando nuestros silencios como si fueran poesía. Allí nos abrazamos como si aquello fuera el último refugio en plena apocalipsis zombi con un montón de muertos vivientes rodeando la casa, golpeando la puerta con los nudillos cayéndoseles a pedazos. Y allí también prometimos, con el dedo meñique: “en veinte años, misma hora, nos vemos aquí”. Y nuestro trato decía también que si estábamos tan solos y perdidos como entonces, ya llegando a esos determinantes cuarenta años, nos casábamos.

 

     Por supuesto, veinte años después todo se ve de otra manera, nadie toma en serio los juramentos hechos en un momento de prácticamente enajenación mental, nadie termina casándose por haber hecho un trato tan tópico como irracional.

     Pero allí estaba yo, a pesar de todo. Aquel lugar tenía demasiados recuerdos almacenados; todo se me removió. No estaba segura de ser yo la misma que en un día miró desde aquel mismo lugar un amanecer perfecto hacía tanto. No estaba segura de ser ahora quien entonces deseé ser algún día; tampoco de querer o saber volver a ser quien fui.

     “Qué sorpresa, corazón”, dijo alguien tras de mí. Él, por supuesto. Me giré. Qué guapo estaba. Algunas canitas empezaban a asomar en aquella cabeza cuasi rapada que intentaba esconder una incipiente calvicie. Unas patitas de gallo en las comisuras de sus ojos acentuaban el atractivo de una sonrisa que en todo aquel tiempo no había perdido su magnetismo. Me levanté y lo abracé. Durante las siguientes horas viajamos al pasado, fuimos los de siempre, aquellos que ambos habíamos olvidado. Charlamos, nos contamos, reímos y lloramos. Y entonces me di cuenta de que, más que con nadie, me estaba reencontrando conmigo misma, con mis sueños y pesadillas, aquellos que aparqué allí y era ya hora de pasar a recoger. Tantos años después estaba preparada para quitarme las máscaras que desde aquel día habían ido cubriéndome, superponiéndose las unas a las otras. Lo recogí todo.

     —¿Entonces qué, nos casamos? — dijo de repente.

     Lo miré algo perpleja: por un momento se me había olvidado aquella cláusula del contrato. Esbozó una sonrisa perfecta. Estallamos en carcajadas, aunque algo en nosotros anhelaba cumplir aquella utopía; ser pioneros. Entonces la melancolía comenzó a sobrevolar nuestras cabezas. Era momento de ir despidiéndose.

     Él me besó y yo me dejé hacer. Fue gustoso, pero supo un poco a despedida, a un adiós demasiado largo. Cuando se apartó de mí sonrió de nuevo.

     —Sólo una cosa, corazón, el trato si mal no recuerdo lo sellamos con el dedo meñique y bueno, ya sabes, quien incumple el trato…

     Sonreí, pero él no lo hacía en absoluto. Quien incumple el trato, pierde el dedo.

Publicado la semana 22. 06/06/2021
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Los años de peregrinación del chico sin color — Haruki Murakami, El hombre del sur — Roald Dahl , cita, juventud, Relato, Promesa, Reencuentro
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