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SuHa

Un maldito sofá nuevo

     Desde que se fue la casa parecía el doble de grande, porque el espacio de él se había convertido en espacio para ella. No había previsto que la nueva situación pudiera llegar a ser tan incómoda; y es que aquel lugar, que para ella nunca había sido ni sería un hogar, parecía añorarlo a él más de lo que ella misma hacía.

     El día en que se marchó sin intención de volver, por ejemplo, al llegar a casa descubrió a la tele encendida en su canal favorito, justo cuando echaban una de aquellas películas que tanto le maravillaban: las de vaqueros. Se debía haber puesto nostálgico el aparato, pero desde luego ella no quería ni oír hablar de películas del oeste. Él solía visionarlas cada tarde, de forma enfermiza para el gusto personal de ella, obligándola a retirarse a la cocina si quería ver sus amadas telenovelas. ¡Ésas sí que eran historias bonitas y románticas! Pero ni siquiera allí podía estar tranquila, pues a cada rato lo tenía pidiéndole algo: “tráeme agua, Mari, que tengo sed” o bien “Mari, ¿hay frutos secos?”, siempre  a vueltas con sus frutos secos; “pero nueces no, ¡eh! Apártame las nueces, Mari”, siempre las dichosas nueces. Pero no era solamente eso, es que estar en la cocina viendo la tele no era estar en el salón viendo la tele: en nada podían compararse sus frías e incómodas sillas de la cocina, que parecían expresamente ideadas para echar a  invitados indeseados, con aquel sofá mullido y calentito que parecía acunarlo a uno cuando se sentaba en él. Era el mueble más nuevo de la casa; y dicho sea de paso, el único en ella que no tenía más de veinte años. En todo aquel tiempo habían dejado que todo fuera ajándose despacito en aquel lugar, sin encontrar ninguna necesidad de cambiar nada mientras fueran “tirando”, aunque tiraran mal, a tracas y a barrancas. Allí nada se renovaría hasta que no estallara en pedazos, ésa parecía ser la consigna de la casa que se aplicaba a demasiadas cosas. Pero ella consideró que, en el caso del sofá, ya se había producido aquella requerida detonación: estaba raído y roído por todas partes. Aun así, tuvo que cambiarlo a espaldas de su marido, pues él era hombre de costumbres y amaba la forma que había ido creándose en el sofá con el paso de los años; la forma de su cuerpo, por supuesto. Amaba también los cien cosidos millones de veces recosidos, las mil y una manchas que ningún producto de limpieza había logrado borrar, los estampados pasados de moda ya cuando se compró (por algo estaba en oferta) y hasta la cojera que tenía por haberle carcomido algún ratón una de sus patas de madera. Ella no lo amaba, ni en pintura lo amaba, ni cuando lo compraron siquiera le gustaba, pues encontraba que no cabrían ambos cómodamente en él, tal y como fue. Lo mandó quemar cuando se lo llevaron los transportistas, temerosa de que él fuera en su busca cuando viera el cambio. El enfado le duró dos días, hasta que vio la maravilla con que lo había sustituido. Y aunque el nuevo sofá era suficientemente grande para los dos, y aunque por un momento pensó que, disgustado con el cambio, su marido rechazaría la nueva adquisición y ella podría al fin disfrutar de la sala, no pudo equivocarse más. Así, él podía dormitar plácidamente en el sofá durante horas, ocupando con total descaro toda su extensión, mientras ella continuaba su reclusión en la cocina, donde trataba de no dormirse en su silla pues, cuando lo hacía, la cabeza se le caía y despertaba, a menudo, al golpearse con la esquina de la susodicha.

     Solo por probar aquella maravilla de mueble incluso había intentado sentarse a su lado a ver la tele, como hicieran en los denominados “viejos y buenos tiempos”. ¡Qué cómodo era! Pero no compensaba: estaba ya harta de ver aquellas insípidas historias que ni siquiera la habían emocionado la primera vez que las vio con él y por él. La vez número cincuenta era improbable que fueran a hacerlo, cuando ya se sabía los diálogos y escenas de memoria.

     Podría haber comprado un sofá para la cocina, no tenían a aquellas alturas invitados que fueran a poner peros, pero le parecía poco apropiado: la tapicería se habría llenado de grasa sin remedio. Podría también haber comprado una tele para ubicarla en la habitación, pues la cama era también cómoda (aunque no tanto como el nuevo sofá), pero encontraba que la habitación era lugar para el descanso y no el ocio.

     Estaba claro: mientras él siguiera en aquella casa ella no tendría sofá. Así que estaba claro: él no podía continuar allí.

     Pero una vez solucionado el problema, ahora que parecía que al fin era su turno, la casa se le revelaba. ¡Desvergonzada! ¡Con lo que ella la había mimado! ¡Ay, si hubiera sido por él! ¡La mugre se la habría comido! En su cocina había cocinado sabrosos manjares, en su salón celebrado interesantísimas reuniones: el club de lectura, el grupo de costura, sex-shops que nunca habían dado el resultado esperado… Era gracias a ella que el baño olía siempre a limón, pues se ocupaba de dar al ambientador cada vez que su marido lo visitaba, y por ella era también que no estaba la bañera cubierta de moho, ¡quién sino ella iba a limpiarla, claro!

     Pero cuando él faltó, la casa se le echó encima. No de forma metafórica: ella gozaba con aquella amplitud, toda para ella, y aquel sofá… Su sofá. Pero ya desde bien pronto las cosas más extrañas comenzaron a acontecer. Después del episodio del televisor maldito vinieron muchos otros: la alcachofa de la ducha le escupía barro cuando menos lo esperaba, la secadora comenzó a echar humo negro,  se rompió una pata de la cama mientras ella dormía en ella y un día entró una araña en el salón tan grande y peluda que no se atrevió a entrar allí durante cuatro días. A todo trataba ella de buscarle la lógica, como hacían los malditos evolucionistas intentando llevar la contraria siempre a la sagrada Biblia. Todo debía tener un porqué. Al fin y al cabo, el televisor era viejo, la alcachofa de la ducha era vieja, la cama era vieja y las arañas amaban lo viejo, cosa de la que estaba llena su casa, incluyéndola por descontado a ella; vieja también. De hecho, lo único nuevo allí era el sofá, quizás el único aliado que encontraría en aquella casa de traidores.

     

     Unos días después de la marcha, una tarde nublada que juraba lluvia, se sentó en aquel sofá nuevo a ver la televisión. Había notado que su marido había conseguido ya comenzar a deformarlo, dejando la inconfundible impronta de su trasero en él; pero ella estaba dispuesta a domesticarlo para que se adaptara a su nueva dueña, quien siempre debió serlo. Sintonizó su telenovela querida y se acomodó decidida a disfrutar de lo que nunca hasta entonces había podido. Tan a gustito estaba que los párpados comenzaron a cerrársele.

     Sé despertó de repente, intentando coger aire desesperadamente, como si saliera del agua tras diez minutos de sumersión, y al principio no comprendió muy bien lo que estaba ocurriendo. La oscuridad era total, no había aire, algo presionaba su cuerpo de cabeza a pies, apenas conseguía moverse, no podía respirar. El sofá también se había revelado y, hundiéndola con sigilo en él, se había ido comprimiendo para tratar de asfixiarla.

     — ¡De acuerdo, de acuerdo! — alcanzó a gritar. El sofá la oprimió aún más — ¡Le di bizcocho con nueces! 

     El sofá aflojó entonces. Sí, ella le había dado bizcocho con nueces a su marido, sabiendo que ese fruto seco era la Kryptonita de aquella antítesis de Superman a quien había prometido amor eterno. 

     — A ti también te he limpiado yo, ¿sabes? ¡Yo! — le recriminó una vez consiguió librarse de su malintencionado abrazo. 

 

     Llevaba ya tres meses buscando piso, pero o bien estaban en ruinas y la reforma era inasumible o bien desbordaban directamente mi presupuesto por todas las esquinas. Aquella mañana hojeaba con bastante desmotivación a aquellas alturas los anuncios del periódico cuando vi uno algo distinto a los demás:

     “Se vende piso viejo con un maldito sofá nuevo”.

     Un teléfono de contacto y ningún detalle más. Prometía.

 

Publicado la semana 23. 13/06/2021
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Diatriba de amor contra un hombre sentado —Gabriel García Márquez , Veneno, culpa, venganza, Alergia
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