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SuHa

¡Buen provecho!

     — Bien, ¿podría, por favor, comenzar el relato de los hechos desde el principio, una última vez?

     El doctor Marín pulsó el botón de la grabadora, que resonó aséptico en una habitación casi vacía. El mobiliario era escaso, para evitar las distracciones. Por un lado estaba su vieja pero cómoda silla giratoria negra cuyos engranajes chirriaban desde hacía años; sonido cuya estridencia, sin embargo, no podía evitar disfrutar. Tras de sí tenía una estantería de roble macizo repleta de libros de consulta ajados que amarilleaban por todos lados de tan usados que estaban. Se trataba de un mueble robusto que, a diferencia de los libros, parecía no haber envejecido un ápice en todos los años que llevaban trabajando juntos; era el Dorian Grey de las estanterías. Frente a él, un escritorio novísimo pero enclenque para su gusto sustituía desde hacía tres meses al antiguo, que había caído de repente y sin previo aviso: un buen día, en medio de una consulta, una de sus patas se rompió y quedó convertido en un resbaladizo tobogán para todo el expediente de aquel pobre hombre al que atendía, que tenía fobia a los terremotos y que, tras aquel episodio, sufrió un ataque de ansiedad que obligó a su ingreso. Al parecer la reparación iba a costar mucho más dinero que comprar un nuevo escritorio, así que le trajeron aquel Ikea básico e impersonal que desentonaba completamente con el resto del mobiliario y que él apenas soportaba mirar. Nada más llegar a su puesto lo cubría de papeles para no verlo, tal era el desasosiego que le causaba.

     Pero ahora no podía dejarse distraer por tontunas: al otro lado de aquella mesa intrusa, echado en un sillón reclinable que había acogido durante más de veinte años los cuerpos más variados de las personas con los trastornos mentales más variopintos, yacía un hombre extraño con una aún más extraña historia. Estaba distraído mirando las paredes. La sala había sido pintada recientemente, cambiando el blanco ya amarilleante, especialmente por la afición de los pacientes al tabaco, por un azul claro que al Dr. Marín le recordaba inevitablemente los buenos días de verano de su niñez en el pueblo, cogiendo renacuajos con sus compañeros de la escuela. Fue a petición suya que se eligió aquel color, que él esperaba diera calma a sus enfermos, y de paso a él mismo, que últimamente encontraba el trabajo especialmente desesperante.

     Durante unos segundos le pareció que aquel extraño individuo no hablaría más. Raro, cuando hacía apenas unos minutos había sido complicado frenar su verborrea.

     — Claro… — dijo de repente, sobresaltando al doctor —. Bueno, como le he dicho, todo se remonta a hace un mes aproximadamente. En cuanto se acercan las navidades comienzo a perder el sueño. Me ocurre siempre, ¿sabe? Bueno, no siempre, pero sí me viene ocurriendo desde hace ya varios años. Bueno, pues hace un mes empecé a vueltas con el insomnio otra vez. ¿Qué digo insomnio? No dormía nada; pero nada de nada, ¿sabe?

     Esta vez fue aún peor que las anteriores. No se trataba sólo de no poder dormir; no se trataba sólo de pasar los días somnoliento ni de recibir bofetones de las mujeres entre cuyos senos tendía a caer mi cabeza durante los trayectos de bus. No era cosa tampoco de la pésima calidad de los programas televisivos nocturnos, aunque bien podría hacer unas valiosas reseñas sobre este tema en concreto. Sí… Podría llamarla “Insomnio y televisión: ideas suicido- asesinas provocadas por tan explosiva combinación”. ¿Qué le parece? ¿Mejor si lo escribo en inglés, para llegar a un público más amplio?

     — No se desvíe del tema, señor Graell, por favor; es importante.

     — Sí, es cierto. Disculpe usted, doctor. Como le decía, este año el insomnio no vino sólo: trajo consigo algo más… Mala leche, por decirlo de algún modo. Llevaba un cabreo todo el día… No dormir hace ya de por sí que uno esté más irascible, eso debe usted saberlo bien, que es un hombre de estudios. Pero es que este año el insomnio me cabreaba especialmente porque había preparado toda la artillería pesada para combatirlo y nada estaba resultando: vaso calentito de leche antes de ir a la cama (desnatada, que tengo el colesterol por las nubes), supresión de siestas diurnas y de ingesta de todo tipo de estimulantes (incluso mi amado cacao). Cenaba tempranito, para tener la digestión bien hechita y después me tomaba una pastilla de esas que me habían dado otras veces, “la de dormir”.

     — ¿Y aun así…?

     — Aun así nada, doctor. Otros años mal que bien me había arreglado, pero esta vez… Llegaba la noche, me ponía el pijama, me metía a la cama y allí que se apuntaban mi madre, las facturas, el trabajo, las compras navideñas, los reencuentros familiares y, cómo no, mi ex que no puede faltar a la fiesta… Y todos con algo que comentar, oiga. No hay quien los pare por las noches, señor Médico.

     — De acuerdo. Hasta ahí le sigo. Vamos ahora, si no le importa, al día del extraño suceso…

     — Sí, sin problema. Amaneció nublado.

     — Resuma, señor Graell.

     — Sí, eso es, al grano; disculpe. Pues mire, el tipo en cuestión no era mal chaval… Pero tiene una tara, un problema… Igual está catalogado por ahí en su manual con algún nombre más técnico. Yo lo he denominado “incontinencia verbal”.

     — ¿Incontinencia Verbal?

     — Eso; así, con mayúsculas. O Incontinencia Oral si lo prefiere; pero es que eso me suena un poco cochino, ¿sabe? Como si fuera algo sexual…

     — …i

     — Mire, mejor le explico. Puede que tenga un nombre más específico, pero al final una hemorroide y una almorrana son la misma cosa, ¿o no? Quiero decir que por mucho que yo diga que fulano de tal tiene “cagalera” y usted me corrija por bruto diciéndome que no sea obsceno, que utilice el mucho menos bochornoso término “diarrea”, eso no hará que la mierda (o las heces, si lo prefiere) huela mejor, qué quiere que le diga. Es más, le podría llamar…e

     — Señor Graell, nos vamos de nuevo por las ramas. He entendido lo que trata de decirme: que el hombre hablaba de manera incontrolada. Es eso, ¿verdad?

     — Justamente.

     — Sigamos pues.

     Sí. Como le decía, el hombre hablaba que no vea, ¡vaya plomo, oiga! Y yo, con mi sueño acumulado y mi mala leche juntos del bracito, pues no estaba para pesados ni tocanarices. Pero los hay que no se dan por aludidos o no lo ven o… ¡Qué sé yo!

 

     — ¿Qué tal, tío?i

     — Tirando. Estoy falto de sueño y…

     — ¿Sueño? No me digas nada. Para insomne yo. Diez años llevo sin dormir.P

     — Pero cómo vas a llevar diez años sin dormir? No seas exage... 

     — ¿Qué no? ¿Me vas a decir tú lo que duermo yo? No pego ojo, chaval.

     — Bueno, algo-algo dormirás.

     — Diez años.

     — Vale, pues diez años sin dormir.

     — En serio. ¡Y el hambre que me entra! Atraco la nevera noche sí y noche también; a mano armada. ¿No me ves como más orondito?

     — Bueno, tampoco has sido especialmente fino nunca.

     — Hombre, por favor, me vas a decir que no lo notas…

     — Sí, venga, sí; lo noto.L

     — ¿Lo ves? Lo has tenido que confesar, gañán. No te preocupes, que no me ofendo; es lo que hay...

 

     — Usted agotado y el hombre hablando sin parar; lo entiendo.

     — Precisamente. Y él siempre más, ¿sabe?

     — Así que…

     — Así que comenzaron los bostezos. Me entró un sopor que yo creía que  me caía dormido al suelo ahí mismo. Él no notaba nada, claro. Él estaba con sus cosas, el muy egocéntrico- narcisista…

 

     — ¡Uy! ¡Te has comido una mosca! ¡Ja, ja, ja! - dijo el g*; y siguió con su cháchara.

 

     — Continué bostezando. Pero algo raro comenzó a pasar: bostezaba sin parar. Comencé a encadenar bostezos, uno tras otro; y cada vez eran más grandes y duraderos. Bostezaba cinco veces de cada vez. Empezaba a temer el disloque de la mandíbula, que oía crujir. Los sonidos externos se atenuaban y cada vez tenía más dificultades para percibir todo estímulo proveniente del exterior. Me sentía mareado y el mundo pareció empezar a girar a mi alrededor, lenta y pesadamente al principio; acelerando el ritmo paulatinamente; llegando a convertirse en una especie de tornado que solo me afectaba a mí, como si tuviera encima una nube que me lloviera a mí solo, como en los dibujos animados.

     El otro seguía hablando, por descontado; aunque su voz me llegaba apagada y lejana; ni siquiera lograba entender sus palabras. Chorradas, suponía.

     La boca se me abría sin cesar, hasta que de repente se abrió tanto que temí que, esta vez sí, la mandíbula quebraría. El crujido que sentí y oí fue tremendo, y después… Calma. El sonido volvió; la boca se cerró; la mía, quiero decir. El otro no la cerraba, no: ahí seguía, sin enterarse de nada, al parecer. La paciencia se me había acabado…

 

     — Perdona, pero tengo algo de prisa… Nos vemos en otra ocasión y ya me sigues contando.

     — Pero hombre, no me dejes con la palabra en la boca.

     “Ya te he aguantado bastante la bobada”, pensé.

     — Lo siento, otra vez será — dije.

     — Vaya, verdaderamente te está afectando la falta de sueño. Te estás haciendo un rancio del copón. ¡Ale, ve con Dios! — ironizó.

 

     — ¿Ha visto usted Kill Bill?

     — Sí.

     — Bien, entonces lo entenderá , porque fue algo así. ¿Sabe el sonido ese que aparece cuando a Uma Thurman se le cruzan los cables? Así se me cruzaron a mí. Se activó el interruptor, colmó el vaso la gota. Racionalmente sabía que lo más conveniente era correr un tupido velo, dejarlo ir y marcharme relajadamente; no entrar en el juego, que el muy c* me estaba buscando, ¿no? Pues que no me encontrara. Pero ¡ay! Qué traicionero puede ser el raciocinio cuando uno está falto de sueño; que fácil perder el control… Enajenación mental. Así lo llaman, ¿no? Me encanta eso de ponerle nombrecitos a todo, etiquetarlo todo, se lo pasan ustedes en grande, ¿eh? Me acojo a mi derecho a estar enajenado ¡Ja, ja, ja!

     Disculpe doctor, no se me asuste, ya termino con el relato. El caso es que aquel comentario final me tocó mucho los pies. No sé muy bien cómo ocurrió. Salió la bestia desconocida que al parecer llevaba dentro. Era yo en parte, pero no era yo. Yo lo veía, yo lo sentía, yo era consciente de que ocurría… Pero era como si lo estuviera experimentando a través de los ojos de otra persona, como en un plano subjetivo de una película. Andaba ya en dirección opuesta al otro y, de repente, me había girado bruscamente. Un bostezo colosal había comenzado a nacerme desde el mismo estómago y se alzó súbitamente ascendiendo por el gaznate. La boca se me abrió involuntariamente, por la fuerza arrasadora del bostezo. Se abría, se abría; las mandíbulas crujieron y entonces… ¡Zas! ¡Me lo zampé!

     — Se lo comió – quiso confirmar el doctor.

     — Eso mismo. Sí, sí; ya sé que así contado… Es raro… Pero se lo juro doctor que se lo digo tal cual fue. Me abalancé con la boca abierta, era mi boca pero no era mi boca: se había dilatado, como cuando una mujer da a luz. Sentí toda su cabeza en mi boca, con sus cuatro pelos, con sus gafas incluidas; incluso sentí cosquillas al notar su bigotillo en la campanilla. La tenía ahí y entonces… Engullí, simplemente. Ya sabe que si alguien consigue introducir su cabeza por un espacio el resto cabe sin problema; como ocurre también con los bebés al nacer. Pues así sucedió: pasó la cabeza y el resto fue pan comido, si me permite la expresión.

 

     El Dr. Marín había escuchado locuras de todo tipo en aquellos tantos años de ejercicio, por lo que no estaba especialmente impactado, pero su paciente lo miró y frunció el ceño con dureza.

     — No me cree, ¿ no es así?

 

     El doctor Marín se preguntó si debía pulsar el botón rojo de emergencia que había bajo su mesa. El tono del paciente le había parecido amenazador. No obstante, enseguida pareció que su expresión recuperaba la calma.

     — No ocurre nada. Escriba lo que crea. Pero no miento. — se cruzó de brazos enfadado y por un momento el médico vio en él al niño chico que algún día debió de ser.

 

     Apagó la grabadora con otro clic.

     — Usted tranquilo, señor Graell, yo no soy ningún juez. Mi labor es ayudarle — se levantó y se giró, dando la espalda a aquel hombre para buscar uno de sus libros de consulta.

 

     El Sr. Graell esperaba paciente. Contempló entonces aquellas hermosas paredes que aún olían a recién pintado. Aquel azul cielo le recordaba a su niñez; una niñez que se le aparecía cada noche que conseguía conciliar el sueño y que durante el día trataba de olvidar con esfuerzo y dolor; cuyas heridas aún tenía marcadas en su cuerpo y en su alma. El doctor se sentó en la silla y los engranajes de la misma emitieron un agudo sonido que le pinchó el cerebro a Graell. El sueño le invadió entonces. Un bostezo le nacía de las entrañas. Otra vez no, no deseaba hacerlo, aquello estaba mal, y él quería ser bueno. Trató de advertir al doctor, que había vuelto a la estantería, pero la voz no le salía. La boca se le dilataba. Su cuerpo se levantó sin su permiso del asiento y con rapidez avanzó hacia el psiquiatra, que se giró con brusquedad al sentir una respiración en su nuca.

     El doctor de arrepintió entonces de no haber pulsado el botón rojo. Miró las paredes azules con nostalgia y vio que ya no podría coger más renacuajos, ni con los escasos amigos de la infancia que aún vivían, ni con ninguno de sus nietos, porque el tiempo se le iba a acabar antes de tiempo. El fétido aliento de aquel hombre le calentaba el rostro como un secador húmedo.

     Graell veía la escena desde fuera de su cuerpo, sin poder intervenir. Algo incontrolable había tomado el control del mismo, como un Goa’uld, de nuevo. Horrorizado, pensaba en que de nuevo tendría que contar aquella historia a otra persona… Así que trató de poner atención a lo que ocurría para poder hacer una buena descripción de los hechos.

Publicado la semana 29. 25/07/2021
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