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SuHa

El billar

     De repente toda la actividad del bar se había centrado en un único punto, en una sola misión: salvar el billar. Nadie lo había utilizado en todo el día, pero de pronto aquel mueble destartalado, cuatro patas que cojeaban y bolas de colores desconchadas, parecía imprescindible.

   Por suerte, eran pocos y conocidos los que habían presenciado como el pequeño, de dos años y un culo que no había quien a amarrase a una silla, lanzaba una de sus pelota de juguete al billar y, con exquisita puntería, acertaba a meterla en uno de los agujeros.

     “Se veía venir”, “¿es que nadie controla a estos demonios?”, lindezas que resonaba, sino en boca, sí en las miradas de aquellos amigos de pacotilla que tenían ya tan lejana su niñez, en todas sus dimensiones, auténticos Viejos con mayúsculas.

     Y ella, como abuela del niño que era, asumía, como todos a su alrededor, su culpabilidad; entonaba, con los coros de todos, su mea culpa. Su marido no dijo nada; le dirigió una mirada acusatoria, pero pronto la desvió, pues bien sabía que era capaz de fulminarlo si abría la boca; a él sí, que para algo había confianza.

     Todos protestaban, opinaban y teorizaban, pero, por lo demás, nadie aportaba ideas ni arrimaba el hombro. Tuvo que salir la camarera de detrás de la barra y, con sus setenta años a cuestas, comenzar la pelea con el juguetito para intentar hacer salir a la pelota por algún lado. Y entonces ya sí, algo debió de removérsele al público, porque empezó a animarse a participar. Uno, brazo estrecho, dedos largos finos, intentó alcanzar la pelota metiendo la mano por el agujero.

     “Lo toco, pero no lo consigo coger”.

     “Empújalo entonces”.

     “Está atascado”.

     La aparente calma del local se había mancillado y a todos les brillaban los ojos, de repente extasiados, como si su vacía existencia hubiera tomado sentido inesperadamente.

     “Necesitamos algo para empujarlo, con el brazo es imposible”, dijo otro. Se oían chirriar los engranajes de esas mentes en baja forma.

     “Con el palo del billar”, propuso un tercero.

     Y así se intentó, sin éxito, durante 15 minutos y medio, que la abuela, paralizada, parecía cronometrar, mientras rezaba por que todo se arreglara y reñía al niño, más que por convicción, por convención.

     “Tiene que tener un poco de curva”, dijo al fin la cocinera, espalda cuadrada y metro setenta y cinco de altura, cuarenta años, que había oído el alboroto y había salido de detrás de los fogones. Y, ni corta ni perezosa, salió del bar a rebuscar entre los hierbajos que rodeaban el local, a ver si alguno de sus esqueléticos árboles había perdido una rama de curvatura adecuada.

     Se quedaron ocho personas en el bar, siete de ellas rodeando el villar: el niño, cabizbajo y expectante a una; la abuela, nerviosa, buscando una manera de enmendar su terrible pecado: no haber tenido cinco ojos y ocho brazos; la camarera, que se sentó en una banqueta y masajeaba sus riñones viejos, doloridos y cansados; y cuatro hombres ya entrados en años y canas y calvas que competían en virilidad tratando de sacar la pelota, estorbándose, jurando todo lo que se sabían. Los varones iban y venían, proponiendo ideas, viendo como fracasaban, volviendo de nuevo al toro, tras darle un trago a sus vinos-cervezas-cubatas, para ayudarse a pensar, para relajar su ego, que se resentía con cada nueva idea fallida. Iban y venían del baño, lugar sin igual para cazar ideas. La octava persona, el quinto hombre, el abuelo de la criatura, era el único que permanecía ajeno al jaleo, la mirada fija en la pantalla de televisión, aún cuando el volumen estuviera apagado.

     Y entonces llegó la salvadora, la cocinera, con una rama larga y curvada que todos admiraron como si de Excálibur se tratase. Se apartaron a su paso y la mujer, sin ayuda de nadie, sin una sola palabra mal sonante, apartándose el pelo de la cara, quitándose el sudor de la frente, lo hizo, sacó la pelota del niño y consiguió desatascar el billar.

     Todos la felicitaron al unísono, le palmearon la espalda, y le propusieron tomarse algo, un descanso, que ella rechazó. En realidad, ardían todos de envidia.

     - Con que recojáis un poco las astillas que hay por todos lados, que bonito lo he dejado, me vale.

     Todos rieron; nadie mostró interés alguno por iniciar la tarea. Pensaron (quisieron pensar) que era una broma. Con un gruñido, fue la camarera quien se puso a arreglar el desaguisado.

     Todo fue volviendo a la normalidad. Las trabajadoras retomaron sus puestos y labores. Los señores fueron volviendo a sus posiciones originales y sus ojos volvieron a observar el fondo de sus vasos y copas; se perdían en su mundo, gris de nuevo, a la espera de algún nuevo estímulo que los provocase. La abuela se retiró pronto con el niño, en silencio, avergonzada aún, pero aliviada. Su marido salió tras ella.

     La tranquilidad que quedó en el aire estaba teñida de la triste añoranza de aquel episodio que había revitalizado a todos, aunque la razón no hubiera sido la mejor, aunque ante cualquiera lo hubieran negado, aunque aprovechando que la abuela se había ido, comenzaron a criticarla hasta desahogar todas sus penas, que a ningún cuento venían. Y fue cuando, tras vaciarse, todos parecieron quedarse a gusto, que la cocinera salió dando alaridos de la cocina:

     - ¡Nos han robado! Falta dinero en la caja, lo acababa de contar, ¡nos han robado!

     Todos alzaron la vista. Estaban de suerte, ya tenían un nuevo caso que resolver. Ya podían revivir. La cosa prometía, máxime cuando, al parecer, nadie ajeno a ellos, a los de siempre, había entrado en el bar durante aquel rato. Uno de ellos, presente en aquel momento o huido ya, había traicionado al resto. Pronto comenzarían a especular, aunque todos a una coincidían en señalar a un mismo culpable.

     "Esos malditos niños, no sé por qué los traen a los bares, mira la que se ha liado ahora". 

     Mientras, los abuelos volvían a pie a su casa, dando un paseo, contando los beneficios que les había reportado el incidente.

     - Que se despellejen ahora esos idiotas. He visto cómo te juzgaban. Hacía tiempo que me venían hartando con esos aires que se traen– decía él.

     Y ella, por esta vez, le va a perdonar lo que ha hecho. Simplemente se limitará a hacerse la tonta, tan tonta como todos la creen y, ¿quién sabe? puede que sea interesante que el niño siga entrenando su puntería.

 

Publicado la semana 3. 24/01/2021
Etiquetas
Relato, robo, Niños, Padres, vejez, traición, Crítica, Abuelos, Billar, Bares, Camarera, Mujeres, Hombres
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