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SuHa

El súper

     Antes de entrar se echó gel desinfectante en las manos; del suyo, que a saber qué de porquería había ido acumulando aquel dosificador que tenían en la entrada para uso común; ¡si “uso común” era la antítesis de la higiene! Se ajustó la mascarilla, FFP2, para estar protegida aunque los demás fueran la panda de irresponsables que eran, que los había visto a todos cómo se despendolaban en la tele, fuente inequívoca de saber. Y que quién podía saber qué accesorios llevaba cada cual para cubrirse la boca (y la nariz, que a muchos se les olvidaba). ¡Hasta compresas había visto vestir a algún iluminado! Los otros, los otros siempre.

     Hacer la compra era para ella el acontecimiento de la semana, una prueba personal que le ponían los mandamases para ver hasta dónde podía estirar la pensión; su Grand Prix del verano particular. Tenía estudiadas todas las tiendas de alrededor para hacer la mejor compra posible. Un solo día dedicaba a la semana a realizar la compra. Eso sí, le dedicaba el día completo, adquiriendo en cada uno de los establecimientos lo que más barato estaba, o lo que mejor relación calidad-precio tenía al menos. Merecía la pena, porque sentía que burlaba de aquel modo a todos aquellos comerciantes y gobernantes que tan empeñados parecían en hacerle la vida imposible.

     Aquella era la última tienda que le quedaba. Se le había hecho un poco tarde, porque había pillado cola en el anterior sitio, porque el de delante tenía una compra de dos carros y tenían que gestionarle el envío a su domicilio. Qué derroche, el envío domicilio. ¡No la verían a ella en ésas hasta que no la hubiera deslomado mucho más la edad! ¡Y aun con esas!

     Quedaban apenas 30 minutos para que cerraran y los altavoces se encargaron de mantenerla al tanto de ello antes si quiera de que terminara de abrírsele la barrera automática.

     Sacó la lista que llevaba en uno de los departamentos de su bolso: apenas un papel cuadriculado mal arrancado de una de sus libretas, a esas alturas tan manoseado y arrugado que algunas de las palabras habrían resultado ilegibles para la mayoría de los habitantes de la Tierra; pero no para ella. Ella estaba acostumbrada a funcionar así, y tenía asumido que en la última tienda su lista estaba siempre de aquella manera. De cualquier modo, apenas le quedaban tres cosas por comprar, y las iba a comprar allí precisamente por algo:

 

     - Crema hidratante: había leído en una revista que la OCU había premiado la hidratante de marca blanca de aquel establecimiento como la mejor del mercado.¡Y era baratísima! 

     - Jamón de pavo: solamente allí encontraba jamón de pavo envasado, en el resto tenía que comprar pechuga o irse al área de embutidos al corte, pero éstos último se le ponían siempre malos.

     - Detergente: tenía un vale de descuento de 50 céntimos en la botella de un litro con fragancia Flores del Campo de la marca que mejor le dejaba la ropa.

     - Queso: era el lugar en el que encontraba más variedad y a mejores precios.

 

     Lo primero a por lo que fue, fue la crema hidratante, porque temía que la hubieran agotado ya a aquellas alturas. Y “bingo”, maldita fuera… Preguntó a la dependienta, pero no supo ella decirle cuándo vendría la próxima remesa. Menuda faena…

     Lo mejor sería seguir adelante con la lista. Fue a por el jamón de pavo, justo a tiempo de ver cómo otra mujer, en sus propias narices, cogía el último paquete. Le dieron ganas de agarrarla de los pelos, especialmente cuando vio que portaba en su carro cinco ejemplares de aquella maravillosa crema hidratante sin la que se había quedado sine díe. Hubo de controlarse, no obstante, porque vio que, objetivamente, tenía todas las de perder: la mujer tenía por lo menos treinta años menos, un metro más de alto y medio de ancho: era King Kong a su lado.

     De repente pensó en el detergente: ¿se lo habrían llevado todo ya, también? Dio tres vueltas completas al recinto, inspeccionándolo todo como si fuera un perro policía; tratando, como ellos, de encontrar algo a través de su olfato perdido, utilizando en su defecto su vista catarática. Y contra todo pronóstico, atisbó finalmente, a lo lejos, una montaña de suavizantes esperando su estelar aparición; estaban justo a la entrada, por donde había pasado ya, por cierto, unas tres veces, debajo de un cartel naranja fosforito de 3X3: “¡¡¡OFERTÓN!!!”. Aquel despliegue le produjo mareos: tan grande el cartel, tantos suavizantes disponibles… Lo mismo estaban a punto de caducar… ¿Caduca el suavizante? ¿Desuaviza la ropa en tal caso? ¿Y qué le importaba a ella? 50 céntimos eran 50 céntimos y pensaba comprar cuatro garrafas.

     Cuando terminó de cargar la última botella los altavoces anunciaron el cierre inminente del establecimiento: se prohibía ya la entrada de nuevos clientes y se pedía al resto que fuera terminando la compra. Ella miró su reloj: ¡qué tarde se había hecho! Ya no le daría tiempo a hacerse una cena decente. Lo mejor sería comprar alguna insanez prepreparada de esas que mantenían vivo a tanto joven. Se acercó rauda a la sección de precocinados: aquel apartado lleno de opciones coloridas y llamativas que, como un salón de juegos, como las mismas Las Vegas, la hipnotizaba e invalidaba hasta el punto que se sentía incapaz de tomar una decisión racional y salir de allí . Tardó tanto en decidir que los altavoces le llamaron la atención por última vez, último aviso a navegantes. Y al final decidió o, más bien, incapaz de decantarse por una sola de lo que le parecieron miles de opciones que decían todas ser la mejor, eligió cinco platos precocinados que tiraron por la borda todas las expediciones del día que habían pretendido hacer la mejor compra, ahorrar al máximo. Aquella sección era una trampa para el raciocinio y la lógica; y para el bolsillo

     Se dio cuenta de que era la única clienta que permanecía entre los pasillos aún, el silencio del establecimiento daba buena cuenta de ello. Incluso habían apagado la música. Se dirigió corriendo a la caja; bueno, casi corriendo, ya no estaba para trotes. Y llegó, y pagó, haciendo frente avergonzada a los ojos de aquel cajero que ya se moría por empezar a recoger y recogerse a su casita a ver algo en Netflix. No quiso escuchar cuánto había de pagar, apagando el audífono en el momento justo para encenderlo posteriormente de nuevo; sabía que había roto el presupuesto. Puso unos cuantos billetes sobre la cinta y rezó por que bastara. Y bastó, Dios siempre la acompañaba y, aún estando siempre apurada, siempre le había llegado. Contó las monedas sobrantes y pensó que… Que había olvidado el queso, y al día siguiente iba su hijo a comer a casa, y a él le encantaba el queso… Dejó el carro mal aparcado al lado de la caja, ya nadie quedaba que pudiera robarle la compra, y pasó de nuevo la barrera automática. No se abrió sola, pero ella la empujó; quizás la había roto, probablemente, por el sonido que había emitido. Tenía que llegar hasta el queso, y allí elegir, uno que pudiera pagar con lo que le había restado, uno suficiente para el paladar de aquel hijo que ganaba una fortuna pero cuando venía a casa no traía nunca nada; que tenía mucha familia a la que mantener, decía... Y un perro apestoso, y una piscina y un jardinero, maldita fuera.

     Le estaba costando elegir. Pero eligió; el de siempre, al final, para qué arriesgar. Y después, tranquilamente, fue de nuevo a la caja. No había cajero, aquello lo vio desde lejos. “Ya vendrá”, pensó. Ya encararía de nuevo a aquel enamorado de su trabajo. Pero cuando llegó allí y posó su queso sobre la cinta, las luces se apagaron, todas a una, y el silencio más absoluto se cernió sobre ella durante un segundo, dando inmediato paso al estruendoso sonido de la persiana automática de la entrada que echaba el cierre. Quiso gritar, pero el universo le cerró la boca. Se quedó muda durante cinco minutos. También ciega: todo estaba oscuro. También sorda: aquello era un sepulcro cuyo único cadáver era ella.

     Incapaz de entenderse a sí misma, sintió inesperadamente cómo la euforia le fue subía desde los pies hasta el mismísimo seso, que se le llenó de pájaros. Estaba haciendo algo distinto, al fin. Y en lugar de pelearse con la situación, solo se echó al suelo y se dejó flotar en ella.

     "Vaya banquete me voy a dar esta noche, como nunca antes, y dejando por fin de contar dineros. Y como se pongan tontos les denuncio, que soy solo una pobre anciana y me han encerrado aquí”. Se quitó la mascarilla: pura libertad. Aquello le gustaba cada vez más. Decidió empezar la comilona, no se había dado cuenta hasta entonces, pero las tripa le rugían. Deció, de hecho, empezar por el chocolate, precisamente porque su médico se habría echado las manos a la cabeza y su hijo le habría regañado con gana; ella misma se lo habría reprochado a sí misma duramente hacía escasos minutos. Por eso, sabía, le iba a saber tan rico.

Publicado la semana 33. 22/08/2021
Etiquetas
libertad, vejez, Costumbre, Preocupación
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