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SuHa

Podredumbre

     Hacía días que María no pasaba por casa. Cuando volvió, un lunes por la tarde, una semana después de haberla visto por última vez, con el pelo revuelto y la ropa arrugada, emanando una fragancia desconocida y con la piel brillante  y radiante, los poros dilatados, luciendo una infantiloide sonrisa en la cara enmarcada por unos labios rojos corridos… Él se limitó a saludarla simpático. Había aprendido a controlar su emociones y no estaba dispuesto a dejar que nada ni nadie lo desviase del mismísimo centro de  su río  de la serenidad, donde navegaba con ojos, oídos y boca cerrada, la mar de tranquilo.

 

     Aunque ella se esforzaba por no sacar el tema y disimular, en la medida de lo posible, las expresiones extrañas en las que se contraía su rostro, sabía que no iba a aguantar mucho más y que, de hecho, hacerlo sería inútil; su hija claramente debía estar también notado el hedor. Quería que aquel fuera un día especial y se estaba esforzando al máximo por evitar todo lo que pudiera echar por tierra sus planes. Desde El Divorcio se sentía presionada  por ser mejor que su ex, para que su hija la quisiera más a ella qué a él. Sabía que era una actitud insana para todos, pero no quería ni oír la voz de aquel maldito Pepito Grillo empeñado siempre en darle consejitos.

     Todo había empezado como un ligero mal olor que se había ido haciendo cada vez más y más insoportable, más y más intenso. La gente alrededor también había comenzado a notarlo; se giraban y miraban de un lado a otro tratando de encontrar el foco de aquel olor fétido, combinación de pescado pasado y huevo verde, que se echaba sobre todos ellos haciendo sus andares cada vez más espaciados, no solo por la curiosidad de saber qué era aquello que despedía tan insoportable olor, sino también porque comenzaba a costarles respirar. Trataban de tapar sus narices pero cuando el olor entraba por la boca se daban cuenta de que así resultaba aún peor. No había remedio. La gente, entonces, poco a poco también, comenzó a dejar a un lado la curiosidad y a caminar cada vez más rápido tratando de escapar de lo que parecía ser una trampa mortal. Ella agarró fuerte la mano de su hijita y aceleró el paso.

     La niña había estado aguantando estoicamente, sin decir nada, sin quejarse ni una sola vez. Sabía lo importante que era para su madre que todo fuera perfecto, pero el hedor era insoportable. Finalmente las palabras escaparon de su garganta, burlando la vigilancia que ejercía la lengua y salieron por su boca a voz en grito: “¡¡¡Mamá, huele fatal!!!”. Los viandantes que la escucharon vieron así confirmados sus pensamientos. Aquello que no se habían atrevido a pronunciar, igual que pasara en El Traje Nuevo del Emperador, lo había habido de decir la inocencia de una niña. No obstante, ellos, que habían girado todos sus cabezas ante la declaración no-oficial de lo que estaba ocurriendo, pronto bajaron las miradas y continuaron su camino; rápido, no tenían tiempo para pensar, solo querían escapar.

     La madre de la niña  agarró la mano de su hija con más fuerza aún y le susurró al oído, entre avergonzada y orgullosa, desinflada como un globo pinchado ya, reconociendo la inevitable realidad de la realidad: “lo sé, cariño. No sé de dónde viene”. Mientras andaban con raudo paso notaron que cada vez el olor se hacía más y más intenso, más y más insoportable.

 

     Serafín se daba cuenta hacía ya tiempo. Todo había empezado con un leve dolor de tripa, de vez en cuando. Pero aquello había ido en aumento día a día, en frecuencia y en intensidad. Descubrió pronto que se trataba de gases malolientes; gases que le apretaban los intestinos con fuerza, gases que tenía retenidos. Resultaba tan embarazoso que era incapaz de contárselo a nadie; ni siquiera a su médico, ni siquiera aunque el dolor fuera cada vez mayor. Aquel día, sin embargo, cuando se levantó de la cama notó que los gases empezaban a subir a través de los intestinos, por la tráquea, y comenzaban a causarle cosquillas en la garganta y en la boca al tiempo que se extendía a través de ellos un fétido olor  que ni siquiera él podía soportar.  Lo que había comenzado como un leve mal aliento salía ahora de allí sin control, expandiéndose a su alrededor.

     En aquel momento caminaba por la calle, dispuesto finalmente a claudicar y consultarle al doctor. Se dio cuenta de que todas las miradas comenzaban a dirigirse hacia él. Debía llegar antes de que aquel olor siguiera aumentando. Fue consciente de repente de que una nube negra salía desde el fondo de su garganta. Aquello terminó de delatarlo. Aquella apestosa bola de humo era la señal inequívoca de que él era la fuente del olor que se estaba expandiendo por toda la ciudad impidiendo a la gente incluso respirar; provocando desmayos  a su paso en ancianos, en niños, en mascotas, en cualquiera.

 

     Apretaba la mano de su hija con una fuerza cada vez mayor, sin percatarse de ello, tratando de ocultar una inquietud que iba convirtiéndose en miedo: “¿Qué estaba ocurriendo?”. Había ya cambiado el rumbo, cambiado de planes, sin avisar a su hija, que por supuesto se había dado cuenta de que ya no iban en la dirección correcta, dirección al metro, dirección a un “maravilloso día de playa”, sino que se habían dado la vuelta e iban hacia casa, “un lugar seguro” para su madre, especialmente desde que instalara tres cerrojos en la puerta acorazada y pusiera aquella alarma de seguridad. “¿A dónde vamos, mamá? “, se había atrevido a preguntar la pequeña. “A casa”, se había limitado a decir mamá. Mamá, que pronto advirtió que habían cometido un error.

 

     En los últimos tiempos Serafín había engordado bastante. Todo era debido a aquellos gases malolientes que, ahora veía, estaban escapándosele por la boca. Lo bueno, quizás, sería que una vez terminado todo  se quedaría de nuevo delgadito y largo, tal como había sido siempre. Quizás había tragado ya demasiado, comido demasiado, callado demasiado. Quizás era hora de soltarlo todo de una vez, dejar fluir aquellas emociones que nunca había aprendido a manejar en realidad, sino simplemente a doblegar, ocultar, enterrar.

 

     Asió la mano de su hija, que ya sudaba, con más fuerza aún y se la retorció para forzarla a voltearse una vez más y cambiar de rumbo una vez más. “¿Pero qué ocurre, mamá?", pregunto la pequeña comenzando a inquietarse. Se había equivocado al decidir volver a casa, pues en su camino se fueron acercando cada vez más al foco de aquel olor. De frente vio aparecer, al doblar una esquina, una nube negra andante que se dirigía con paso rápido hacia ellas.  Y fue entonces que giró de inmediato y apretó aún más el paso, incapaz de dar respuesta a la pequeña, que intentaba seguir los pasos de su madre sin más remedio para lograrlo que correr.

     Mientras ella y su hija caminaban rápidamente tratando de disimular que en realidad lo que querían era salir corriendo de allí, escucharon una tremenda explosión. Entonces sí, un olor insoportable comenzó a extenderse por toda la ciudad y una nube negra ocultó el sol para todos durante unos minutos eternos.

     Cogió a la niña y la obligó a echarse al suelo con ella. Consiguió asir su botellín de agua desde la mochila que llevaba puesta, guiándose solo por el tacto, y mojar su fular para ponérselo a ambas como tapabocas para poder respirar.

 

     Hasta el último momento Serafín no fue consciente de la gravedad de la situación. Se sentía tan sobrepasado que solo alcanzó a pronunciar un tremendo “LA OST** PU**” antes de que su cuerpo reventara por la presión en mil trozos de podredumbre; y ni siquiera aquellas palabras de desahogo fueron capaces de llegarle a nadie, apagada su voz por el sonido de la terrible explosión que terminó con tanto sufrimiento encubierto.

 

     Aquella noche debía llevar a la pequeña con su padre para que pasaran juntos la mitad de las vacaciones de verano que restaba. Llegaron tarde; la ciudad estaba colapsada y ellas aún en shock por aquel terrible suceso que acaparaba todos los telediarios, todos los canales de televisión, todas las redes sociales. Nadie aún había hallado la causa de lo ocurrido; no había ninguna versión oficial que explicara qué y/o por qué se había producido aquel estallido que había sumido a la ciudad, durante horas, en nube negra de insoportable olor, que había colapsado los hospitales, que se habían llenado de pacientes afectados por terribles intoxicaciones.

     Aquella noche cuando al fin llamaron a la puerta del padre de la pequeña, el siempre amable Serafín, nadie contestó.

Publicado la semana 36. 12/09/2021
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