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SuHa

Premio

     Se maldijo a sí misma por enésima vez. Nunca había pensado que le tocaría, la suerte siempre la había evitado, históricamente, lo decían los libros, ella era la eternamente desdichada mujer que todos conocían como la eternamente desdichada Consuelo; que vaya nombre le habían adjudicado al nacer, poco se hablaba de eso. Pero aquella vez la suerte se había puesto de su parte. Calculó que llevaba como cuarenta años jugando aquellos mismos números en la primitiva, calculó el dineral que se había gastado en tantos años, y aún así, el premio que el periódico decía que le había tocado desbordada toda inversión previa. Y sin embargo, aquello que había estado invocando durante media vida, se le antojaba una maldición en aquellos momentos. Le daba vértigo. Pensaba en todo lo que podría hacer con aquel dinero y se daba buena cuenta de que, en realidad, hacer uso de él solo le acarrearía problemas y quebraderos de cabeza.

 

     —¡Mamá! — su hijo la llamaba alborotado. Vivían en un pueblo pequeño, diminuto, y la voz se había corrido como la pólvora. Se sabía que un premio gordo había caído en la localidad — Nadie sabe aún quién es. El lotero dice que él tampoco. Para mí que no quiere decir nada. Y el afortunado tampoco, siempre lo quieren mantener en secreto. Y hace bien. Qué narices, hay mucho estafador e interesado.

     — ¡Ay, hijo! Ya nos podría haber tocado a nosotros, ya. Con esta pensión que me han dejado no alcanza ni para comer. Y aún tienes que venir a arreglarme el techo de la cocina, ya sabes que está todo descascarillado y esta mañana se me ha caído un trozo en la sopa que me estaba cocinando. Al final he comido nada más que un yogurt, y seguramente caducado, porque sabía muy agrio, pero como ya no veo nada no sé qué fecha pondría en el envase. De todos modos lo he tirado ya. Me duele el estómago, pero bueno, a mi edad, ya se sabe, solo queda esperar al de la guadaña — le acaban de tocar “la primi”, pero quejarse era ya algo automático.

     —Ay, mamá, no digas esas cosas. Venga, esta tarde me paso con Gabriela, que tiene ganas de verte además, y te arreglo lo del techo.

     Gabriela miró con desdén a su padre al oírle pronunciar tales falacias con tanta facilidad.

     — No hay que decir mentiras— soltó. Ella no quería ver a aquel vejestorio que se lamentaba sin parar desde que entraban por la puerta de su casa hasta que, por fin, conseguía convencer a sus padres de que se había hecho tarde.

     Marina también frunció el ceño y guiñó un ojo a su hija para mostrarle su apoyo. Cuando Miguel hubo colgado le espetó:

     — ¿Era necesario mencionar a Gabriela?

     — Ya sabes que a mi madre le gusta verla.

     — No tengo claro que le guste. No la he visto sonreír desde que la conozco.

     — Porque tiene una depresión crónica, Marina, por favor.

     — Y es muy hábil manipulándote.

     — Bueno, si no queréis venir conmigo iré solo yo.

     Sí, se daba perfecta cuenta de la manipulación a la que estaba sometido. Más bien, gracias a Marina lo había visto, por eso aquello le irritaba tanto. Su madre que lo chantajeaba emocionalmente y cuya influencia no podía quitarse de encima, su hija que no quería besar a su abuela, como se había hecho toda la vida, su mujer que iba de lista, tratando de diagnosticarle siempre algún trastorno basado en algún trauma, infantil decía siempre, “porque con tu madre hemos topado”. Y él siempre en el medio, el payaso de turno haciendo malabares para tratar de conciliar los a todos, de hacer que las reuniones familiares no terminarán en drama.

 

     Aquella tarde el rumor de la combinación ganadora se había extendido ya hasta los últimos confines de la aldeílla. Aunque tenía meses para reclamar el premio, se sentía presionada por cada palabra al respecto que escuchaba. En especial, por las vecinas de su bloque. Aquella mañana habían coincidido todas colgando la ropa en las ventanas del patio trasero y no había habido más conversación que aquélla.

     Después, sentada a la mesa en su cocina, comiendo unas vainas con la inestimable compañía de la radio, se había imaginado por un momento cobrando el premio. Le habría encantado pasárselo por la cara a todo el pueblo, y en especial a aquellas vecinas suyas que lo mismo piropeaban su nuevo de corte que criticaban lo poco que su hijo la iba a ver en comparación con los de ellas. Metetes. Pero bien sabía que lo mejor era no hacer alardes que generasen envidias. Con aquel dinero podrían arreglarle aquel techo de la cocina que su hijo llevaba cinco meses prometiendo arreglar y bien, porque a saber qué chapuza le hacía su hijo; y quitar su centenaria moqueta del suelo, pintar las paredes, cambiar el baño para adaptarlo a las necesidades de su edad… Mira, mejor tiraba todo y reformaba el piso entero y lo dejaba como en esos programas americanos que la tenían fascinada. Es más, mejor aún iba a ser cambiar de casa, a un barrio de gente bien. Y contratar a alguien que la ayudara con sus cosas y limpiara y… Y un viaje, nada de ir con el Imserso y toda aquella cuadrilla de cadáveres andantes, zombies oliendo a colonia barata. Ella se lo propondría a Jesús el viudo, que lo que estaba era divorciado pero él decía que viudo. Y se iban a ir juntos, en un crucero. Y aun así le iba a sobrar dinero y para lo que le podía quedar de vida ni ahorrar ni invertir: gastar. Y lo que sobrara para su hijo…

     Frunció el ceño. Si le daba el dinero a su hijo, con lo calzonazos que era, sería la chupóptera de su nuera y aquel demonio de nieta quienes lo aprovecharía. Y ya podía olvidarse entonces de ver a su hijo, que enseguida se les subiría a la cabeza y comenzarían a llevar Vida de Nuevo Rico.

     Ni hablar. Aquello era una maldición. Volvía al inicio. Cobrar aquel dinero era crearse problemas tontamente.

 

     Por la ventana del salón vio aparecer el coche de su hijo por la carretera. Cuando llamó al timbre y no escuchó la voz chillona de su nieta intuyó que, una vez más, su hijo venía sólo. Apenas hablaron, su hijo quería arreglar el techo descascarillado de la cocina cuando antes y venía cargado con todo el material necesario. Ella se dedicó a observarlo mientras trabajaba. Cuanto había crecido su precioso niño. A la hora de empezar unos golpes en la ventana del balcón llamaron su atención: comenzaba a llover. La luz de un rayo los deslumbró. Era una tormenta. Consuelo entonces se apresuró a coger toallas para ponerlas bajo la puerta del balcón. Hacía tiempo que no cerraban bien y cuando llovía se le encharcaba la cocina.

     — Mamá — dijo su hijo —, tienes que cambiar esa puerta.

     — ¿Y con qué dinero? — dijo ella tratando de parecer ofendida mientras con cautela acariciaba el resguardo de la combinación ganadora que podía hacerla millonaria y que guardaba en el bolsillo de la bata que vestía.

     — Trataré de hacerte un invento yo y sino de mi cuenta, mamá, tranquila. Dame unos días que justo ahora empieza la niña a clase y ando hasta arriba en el trabajo. Una semana. Y vengo a arreglar esto.

     — Siéntate, hijo, que te voy a preparar un café con pastitas de mantequilla que te gustan.

     Sé relamió. Su mujer lo tenía a dieta severa porque había engordado unos kilos en verano. Se sentó a la mesa y se dejó mimar.

     Ella pensó si su hijo la visitaría cuando no necesitara nada, si teniendo menos trabajo por no necesitar dinero, lo invertiría o no en llamarla, si él y ella estarían más o menos cerca con ese premio de por medio. Aún estaba indecisa.

     Mientras merendaban charlaron un rato, a gusto, incluso consiguió no quejarse demasiado. Sólo charlar.

     El hijo salió al rato, “que me están esperando para cenar” y ella pensó que no estaba tan mal, a la postre, así.

 

     A última hora bajó a tomar el aire con las vecinas y todas expusieron sus quejas del día y hablaron, una vez más, del premio que había caído en el pueblo.

     — Me iba yo a las Maldivas si me toca ese premio — dijo Consuelo — y no ibais a verme más.

     Todas aplaudieron la idea.

 

     Pero aquella noche ya había decidido dos cosas: que no jugaría más a la primitiva y que el boleto premiado lo usaría para alimentar la chapa, que había refrescado mucho.

 

Publicado la semana 38. 26/09/2021
Etiquetas
vejez, Premio, Manipulación, Primitiva, Quejas
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