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SuHa

Estarás bien

     Empaquetábamos las cosas como podíamos, sin saber si esto le haría falta o lo otro estaría de más; un poco a ciegas, un poco con la cabeza en otra parte; sin querer creer que, al fin, el día había llegado.  

     "Todo bien marcado con nombre y apellido, por favor”, ésa era la norma, como si ella fuera una niña incapaz de reconocer sus propias pertenencias. No podía yo evitar mirar a mi abuelo de soslayo y veía cómo se emocionaba por momentos, no sabía si de alegría o pena y tampoco quería indagar; no fuera a ser que termináramos ambos anegados en lágrimas. Era mejor dejarse arrastrar por aquella cinta transportadora de alfombra roja, para despistar, sin hacer demasiadas preguntas.

     Al fin y al cabo ella iba contenta; o lo que fuera; en realidad era difícil saberlo, aunque eso fue lo que dijo cuando le preguntamos:

     — ¿Tú quieres ir?

     — Pues claro.

     Pues claro que quería. ¿Por ella? ¿Por mi abuelo que no podía con el alma ya? ¿Por las bondades que todos se encargaban de dejar caer sobre tales lugares todo el maldito tiempo? ¿Para que la dejáramos en paz de una santísima vez…?

     “Las chicas” nos habían preguntado hacía dos días si se lo habíamos contado. “Claro”, respondí incrédula; y en realidad pensaba “¿Éstas son idiotas o qué?”. Mi abuela ni era tonta ni estaba tonta. Le costaba procesar las cosas, eso sí; se expresaba en frases cortas que apenas merecían esa definición, eso también; y sí, desde hacía un tiempo apenas era capaz de dar dos pasos por sí sola; pero eso era por la dichosa cadera, que en buena hora se había roto. De cualquier forma, tenía claro que no iba a plantarla de un día para otro en una residencia sin avisar, porque como sorpresa resultaba bastante macabra.

     Él también parecía contento. “Porque allí la cuidarán mejor que yo”, “porque yo ya no puedo con todo”, “aunque qué pena que no pueda ir con ella”; decía. Y a eso le daba vueltas yo también: ¿por qué no podía él acompañarla? Yo había visto cómo aún, en ocasiones, le cogía la mano como un adolescente embriagado de amor, cómo pasaba horas en la cocina preparándole un plato “que sé que le gusta” o cómo la lavaba con un esmero que, bien sabía, nadie más pondría.

     Y aun así, él estaba contento. ¿Quién iba a reprocharle nada si sus fuerzas ya estaban mermadas y las consumía todas en cuidar de ella mientras los demás dejábamos que el trabajo, los niños, los estudios o la distancia nos impidieran arrimar el hombro? Quizás no era la mejor opción, pero parecía la única.

     Una vez él me había contado cómo se conocieron. En un baile de los de antaño, dijo, la invitó a bailar y ella aceptó, “y hasta hoy sigue aquel baile que entonces comenzamos”. Ese día sentí que el mundo podía ser un lugar mejor si aún existían los amores así; en seguida me envalentono yo. Fue por la época en que cumplieron las bodas de oro, hazaña hoy milagrosa, por lo que sea que sea.

     Y ahora, después de toda una vida juntos, lo que Dios había de separar un día lo iba a separar finalmente la Diputación Foral con su “normativa sobre centros residenciales públicos para la tercera edad”.

     “Sí, antes no era así, antes las parejas iban juntas a las residencias”, pero la normativa había cambiado. Una lástima que mi abuelo estuviera tan bien, “si al menos tuviera el grado de dependencia mínimo…”. “Hombre, siempre están las residencias privadas”. Con el euro-muro hemos topado.

     No había otra (¿no había otra?), y aun así, ya desde que llegamos por primera vez me pregunté si en aquel gueto de ancianos que olía a sopa agria y col arrugada tenían a la gente viviendo o sólo manteniéndola con vida artificialmente: ¿habitaba realmente alguien aquellos ojos huecos enchufados a la enorme pantalla que recitaba la misa en un bucle eterno, desconectándolos de la vida a pasos agigantados? (¿acaso estaba yo más viva que ellos?) Incluso los que reposaban sentados en la calle, al aire libre, parecían respirar ansiosos, como temiendo que en cualquier momento les ocurriera “como al de anteayer”, lo inevitable y para algunos, sin embargo, deseable. También había quienes coloreaban dibujos eternamente (las paredes estaban llenas de aquel arte de lo inconcluso), y no faltaban los infatigables jugadores de cartas apostando naderías que allí eran maravilla; y, por supuesto, los que preferían leer o hacer "como qué" con el libro del revés. Era un remanso de paz obligado, un lugar donde todos los días eran el día de la marmota, un sitio en el que despedirse de la vida sin hacerse notar, tal como estaba establecido. ¿Estaría bien ella allí? ¿Sería feliz? ¿Sería yo feliz?

     Unas nannys, uniformadas de blanco hospital, nos dieron la bienvenida; todo simpatía y frases de ánimo manidas. En sus rostros, una expresión de fatiga palpable. Nos explicaron que a ella le darían de comer a la boca “que así terminamos antes”, le acoplarían una silla de ruedas último modelo “porque de todos modos ya no iba a andar mucho más…” y le pondrían pañal de continuo, “que así estará más tranquila”. Ella y todos, por supuesto.

     Su habitación, compartida con una mujer que revivía en un continuo narrar la guerra civil, era amplia y blanca aséptica, del todo impersonal y fría, impregnada por un olor penetrante a desinfectante, y habría servido igual para cualquiera. Pero para mí, ella no era cualquiera.

     “Que yo tenía mi vida ya, y total ellos ya eran viejos”, me intentaba consolar a mí, paradójicamente, mi abuelo. Pero viejos son los trapos y, en cualquier caso, también yo lo sería algún día; aunque para él fuera a seguir siendo siempre su niña. Y también, aunque ahora yo sentía que el papel de niño le correspondía a él. A él, que se quedaba sólo en una casa que pronto habría de empezar a caérsele encima. Pero yo… Pues eso, tenía mi vida; en una realidad paralela.

     La aparcamos “aquí mismo”, detrás de una columna que no le dejaba ver la pantalla de la tele completa (“pero tranquila que ya la recolocamos nosotras luego”). A su lado había una señora que parecía encantadora y de la que, sin embargo, tuve que apartarla antes de que nos marcháramos porque le estaba dando pataditas disimuladamente.

     Y entonces, antes de que se cerrara la puerta tras de nosotros sin que me hubiera atrevido a enfrentar la mirada de ella por última vez antes de irme, hube de volverme, como atravesada por una punzada irreprimible, y fui corriendo (casi corriendo) hasta ella para darle un beso.

     — Aquí te cuidarán bien — deseé —. Y yo vendré por lo menos dos veces a la semana a verte — me prometí —. Te quiero, ¿lo sabes? — me disculpé. Nunca antes se lo había dicho.

     Ella sonrió y asintió. Asentí yo también, y acaricié su blanquísimo rostro surcado por las arrugas de quien ya ha vivido lo mejor y lo peor. ¿Hacía cuánto no la miraba, mirarla de verdad?

     — Gracias — me despedí —, por todo.

     Volví donde mi abuelo, que esperaba curioso, y lo tomé del brazo. Formamos ambos una sonrisa, para que nos recordara ella así, hasta la próxima vez. Y así la mantuvimos también después; yo para él, él para mí.

Publicado la semana 40. 10/10/2021
Etiquetas
vejez, Residencia
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