05
SuHa

Se acabó

    — La culpa fue mía — decía su aún amiga. — Quiero decir que él me dijo que no fuera, que había que seguir las reglas, si estábamos confinados, habría que aceptarlo. Y yo erre que erre. Él siguió los protocolos y yo me los salté. Si no hubiera roto nuestro acuerdo de respetar las normas, pues ya sabes… — notó que ella se tensaba en esta última frase, incapaz de terminarla. Le echó una mano con la terminología:

    — No nos habrías pillado en la cama, quieres decir— su interlocutora se sonrojó —. Mira, cariño, desde que empezasteis ese capullo no ha hecho más que ponértelos con todo cuerpo viviente, y yo he sido una amiga pésima. Así que deja de cargar con las culpas de todos.

    Sé levantó de la silla y se puso a recoger sus cosas, enfadada. La actitud de su amiga la hacía sentir más culpable aún. Su amiga la miraba; los ojos tristes, hinchados, cobardes; la boca cerrada, torcida en una mueca de incredulidad; el cerebro analizando sus frases letra a letra, en un sprint. Ella se puso la chaqueta y se subió la cremallera. Antes de irse la miró por última vez. 

    — Oye Ali, conmigo haz lo que quieras, lo entenderé; pero a ése caballero hazte un favor y lárgalo de una vez. 

 

    La verdad es que al principio parecía que esta vez la cosa se iba a complicar. Ella sabía que alguna vez le había sido infiel, pero le había perdonado. Ni siquiera era la primera vez que lo pillaba in fraganti, pero él había sabido salir del paso con sus terribles excusas y, sobretodo, maquillando de tal forma lo ocurrido, que la culpa se alejaba de él y terminaba siempre recayendo en ella. Pero esta última vez “la otra” era una amiga suya y él sabía bien que en el código de las amigas eso era una deslealtad imperdonable, por lo que suponía que imperdonable sería también para un novio. Pero ella había tragado, una vez más. 

    Como vivían en ciudades distintas, aquel fin de semana no iban a poder verse, porque a causa del Covid-19 se había decretado el cierre perimetral temporal de todos los municipios. Por ello, había pensado que no habría riesgo de que ella fuese a su casa. Habían hablado mucho del tema; ella era muy de seguir las reglas, tanto como el de pasárselas por la entrepierna, como con todo hacía. Hasta ese momento había cumplido, y por eso para él, el coronavirus había significado un poco ampliar su gama de amantes, contra todo pronóstico. Siempre había alguien dispuesto a no seguir ni recomendaciones ni reglas; él el primero, por supuesto. Y la gente tenía ganas de recuperar la libertad, entre ellas la sexual. De momento, sin sustos. No entendía por qué está vez ella se había decidido a ir. “Para darle una sorpresa”, había dicho. Pero la sorpresa fue todita para ella.

   Pasó en pocos minutos por varias fases: primero se quedó parada en la puerta de la habitación, como paralizada, como en shock. Después, sobretodo al reconocer a su amiga, se abalanzó sobre ambos con los ojos desorbitados y gritando, histérica. Luego, cuando la consiguieron calmar, se echó a llorar, gimoteando, sorbiéndose los mocos, mientras se le  enrojecían los ojos y recuperaba la respiración. En ese punto su amiga huyó (no sin antes vestirse). Y finalmente ella, Ali, se durmió en sus brazos; agotada, sobrepasada. Él la condujo hasta la cama y la arropó (que tenía su corazoncito) y se fue a dormir al sofá (y también a mensajearse con algunas otra varias). 

    Por la mañana charlaron y él se excusó (“las necesidades físicas”), se excusó otra vez (“pero sólo te quiero a ti”) y se requeté-excusó (“ella me buscó”). Y así, ella perdonó e incluso terminó pidiendo perdón (“si no hubiera roto nuestro acuerdo…”) .

    Estaba perdiendo la gracia, en cierto modo. ¿Es que no iba a reaccionar nunca ante sus pisoteos? Se diría que, en realidad, él sólo buscaba emociones fuertes que le hicieran bucear en la adictiva adrenalina: el riesgo de que le pillara, una buena bronca, gritos, sexo desenfrenado... Se diría que su actitud era enfermiza y ella cumplía con creces su rol de enfermera. Pero cada vez necesitaba más emociones, porque así son las adicciones. Necesitaba sentir su ira, sentir esa caída libre del error sin vuelta atrás, que todo se rompiera en mil pedazos y, quizás, que todo volviera a empezar en una rueda de hámster distinta. 

 

    Eran las tres de la madrugada cuando oyó la puerta abrirse. Sólo ella tenía llaves de su piso. Así que, o habían forzado la cerradura, o era ella; de nuevo.

    — ¿Ali? — inquirió.

    — Dime, cariño – pero esta última palabra no sonó cariñosa.

    La luz del pasillo se encendió, proyectando la sombra de una mujer en la puerta de su habitación. Una mujer a la que le brillaban los ojos, en la boca de la cual relucía una resplandeciente sonrisa. Pero no, no era una sonrisa de felicidad; porque Ali no estaba contenta.

Publicado la semana 5. 07/02/2021
Etiquetas
Relato, Amistad, venganza, Infidelidad, Violencia, Celos
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